jueves, julio 28, 2011
Claro, el ser humano, ¿no te acordabas?
Y entonces, uno, es decir yo, se quedan pensando: eh, oye, un momento. Yo estoy estudiando tan ricamente las cosas feas de la naturaleza, las pequeñas putadas que nos han sido dadas así al ser humano: que si una desafortunada cápsula y una desafortunada toxina en una bacteria hacen que pueda proliferar e infectar a una persona y matarla; o que cierta predisposición genética de la bacteria hace que se salte a la torera al sistema inmune y provoque fiebres delirantes... en definitiva, las razones por las cuales lo que hay a nuestro alrededor nos enferma, y hacia las cuales sólo hay resignación porque existan y todas las ganas del mundo para conseguir erradicarlas. Y de repente, sin solución de continuidad, sin alterar lo más mínimo la línea del discurso, sin etiquetas de ¡ATENCIÓN! ¡WARNING! o lo que sea, como si fuera un puñetero punto más de los apuntes, me pone: cuando la bacteria es normal utilizamos los laboratorios de toda la vida, y cuando los señores de la guerra biológica la modifican genéticamente, entonces usamos los laboratorios de bioseguridad 3. Pero, ¿cómo los señores de la guerra biológica? O sea, ¿me estoy matando a estudiar toda la mierda que puede llegar a haber en la naturaleza que pueda jodernos, para que ahora me vengan con que también hay inútiles mentales, sorprendentemente de nuestra misma especie, que ponen a punto a las bacterias para nos coman vivos más fácilmente, como si fueran un puto factor de virulencia más? Oh, sí, del Estreptococo Pyogenes hay que tener en cuenta que tiene cápsula polisacarídica, que presenta cuatro tipos principales de toxinas y que a los Libios se les puede ir la hostia e inhibir los polisacáridos reconocidos para que el Pyogenes acampe a sus anchas en las heridas y llegue a la fascitis necrotizante y la muerte sin ningún problema.
Lo primero que pienso es que qué asco de ser humano, tantos esfuerzos por evolucionar, por desarrollarnos y vencer nuestras adversidades, y seguimos matándonos entre nosotros. Qué vergüenza y qué triste. Pero luego pienso que no sé de dónde me saco la sorpresa, claro, el ser humano, ¿no te acordabas? Y pienso que estamos condenados a llevar siempre con nosotros en nuestra evolución, nuestra sempiterna imbecilidad.
sábado, agosto 21, 2010
La época del "señorito satisfecho" (la vida como escalera mecánica, parte 2)
Yo me quería centrar en este artículo en una de esas genuinas cualidades que presenta nuestro hombre-masa de hoy: la del niño mimado, y así le doy una segunda parte al cuento de "la vida como escalera mecánica".
Ortega y Gasset nos presenta a este hombnre-masa como un producto de los grandes avances tecnológicos y sociales del siglo XIX (recordemos que esto lo escribe a principios del XX): "La civilización del siglo XIX permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe sólo la súperabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, [...]. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar estas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción.[...] Este desequilibrio le falsifica, le vicia en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro". Recibe todos estos avances como herencia de la historia, y por eso Gasset lo compara con el heredero aristócrata: "Este personaje [el hombre-masa] es el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero.[...] Nosotros tendemos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de mejor calidad a la que consiste, precisamente, en luchar con la escasez. Pero no hay tal.[...] Es la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, [...] se encuentra en medio de su riqueza y sus prerrogativas. Él no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente, su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. Y, entonces, ¿qué vida va a vivir el aristócrata de herencia, la suya o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por tanto, a no ser ni el otro ni él mismo". Después, Ortega y Gasset remata con: "Toda vida es la lucha, el esfuerzo para ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son, precisamente, lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar."
Así es, pues, nuestra época, la época del "señorito satisfecho", llena de hombres falsificados. ¿Qué cómo se cura? Pues como todas estas enfermedades: conociendo la Hisotria, conociendo a todas esas personas a las que les debemos todo lo que nos rodea, leyendo, preguntándonos, etc.
Dice Pérez-Reverte, y con esto acabo, que para entender lo que somos tenemos que saber lo que fuimos. Pues eso.
domingo, febrero 01, 2009
Amor bajo cero
Aquí les dejo con el artículo, para que se relajen y disfruten, y para que confíen y den otra oportunidad a este género humano que a veces (sólo a veces) se hace querer.
Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.
Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural, que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce a Paco. A él también le pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poco tripón. Chico de buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta, muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.
Mientras Otti vuelve de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y apellido -supongamos que este es Kaukonen-. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a un amigo -doy fe de que era su especialidad-, compra un billete de avión -sólo tiene para pagar el viaje de ida- y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto, cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. "Hola, buenas. Ai am Paco. Otti is dere?". Cuando va por el decinosexto Kaukonen y a punto de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.
Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta hyvinkaa, se baja con su guitarra en el 34 de la calle sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde. Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama: "¡Paco!...". "¿Qué haces aquí?" Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: "he venido a casarme contigo". Con dos cojones.
Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en esas aparece allí, con su guitarra y quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda la noche dale que te pego, despierta y gritando: "Oh-yes, oh-yes, oh-yes" mientras él, sudando la gota gorda, decía: "que sí, mujer. Te oigo, te oigo." Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se lo come a besos y lametones. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y mesimarga, además de la media de vodka que quedaba en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias -Paco tocando la guitarra por los restaurantes de allí-, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios. Kristina y Alexis, con pinta de vikingos.
Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero huvo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.
miércoles, agosto 13, 2008
La caja tonta
Quien iba a decir que ese gracioso apodo se quedaría tan vergonzosamente corto. Pero así es, el grado de bazofia que últimamente escupe la tele es tan visceral que no sé como no se nos cae la cara de vergüenza.
Un día, la inventiva humana dio uno de los aparatos más geniales que existen, la televisión. Un aparato con infinitas posibilidades nunca antes soñadas por nadie. Cuando fue creada se llegó a la conclusión de que se utilizaría para entretener y enseñar, algo perfectamente lógico y sensato. Pero claro, el inventito estaba en manos de los corruptos seres humanos, por lo que esta primera intención se fue degradando paulatinamente hasta llegar al espantoso y malformado híbrido que conocemos hoy.
Hay días en los que me siento temerario y cometo la insensatez de enchufar la tele. Normalmente me encuentro con cuatro o cinco analfabetos que dicen ser periodistas discutiendo –y cuando digo discutiendo me refiero a gritándose, insultándose, ridiculizándose, tratándose irrespetuosamente y con sarna, algunas veces con tanta displicencia por sus contertulios y por el tema en cuestión que la hipocresía resulta insoportable-, discutiendo, decía, sobre cuestiones zafias y sin ninguna relevancia real pero que por lo visto son muy interesantes. La mayoría tratan sobre la ruptura/unión/infidelidad/casamiento/cambio de sexo de la sobrina del ex marido de la hija de una cantante famosa, o del primo de la novia de un ex amante de un famoso torero (nótese que siempre hay algún ex de por medio). Temas, al fin y al cabo, sin los cuales nadie en su sano juicio podría pasar una semana entera. Sin embargo, ansiosos todos por saber más y más, estos noticiarios llamados rosas no se limitan solo al fin de semana y, con el único deseo de saciar nuestra sed de vidas ajenas, aparecen en televisión todos los días más de diez programas que, si bien no todos tratan exclusivamente de estos temas, sí ocupan casi media jornada de emisión en todas las cadenas –salvo honrosas excepciones, como la marginada La2-. Estos programas diarios lucen sin pestañear lo poco que un día puede dar de sí, obsequiándonos con reportajes, si cabe, mucho más interesantes que los de fin de semana. Así, después de comer, para rebajar la comida –que es una manera más correcta de decir que entran ganas de defecar o vomitar- se nos deleita con imprescindibles noticias, como la compra de un croissant por Belén Esteban en una panadería, o el viaje en coche de Paquirrín de su casa al trabajo –imagínense la voz en off narrando con emoción como aquel día casi atropella el susodicho a un indefenso periodista mientras las imágenes nos muestran al uno arrancando y al otro poniéndose en medio para sonsacar información-, sin olvidar, por supuesto, la diaria noticia de que Julián Muñoz sigue en la cárcel, tipo: “día 12, Julián Muñoz sigue en la cárcel…día 13, sin novedades en la cárcel…” A este respecto, y puestos a ser creativos, se podría hacer un mural que ocupara la Glorieta entera escribiendo todas las fechas que han dado por el momento referidas a la salida de este hombre de la cárcel. Por último, me gustaría recordar un programa que emitieron hace poco, en el cual unos cuantos periodistas aventureros, cámara al hombro, perseguían en coche a famosos por carreteras y autovías con un cuentakilómetros para mostrar a toda España las infracciones de velocidad que cometían los afortunados –por supuesto, para seguirles el ritmo, los periodistas también las cometieron-. Juzguen ustedes mismos lo increíblemente vergonzoso del asunto.
Ahora viene lo más duro, la cuestión moral. ¿Cómo es posible que la televisión se haya degradado tanto? Ciertamente, el mundo rosa de salsa de tomate es entretenimiento, uno de los puntos de la finalidad de la tele, pero no a toda costa. Se denigran los modales, el respeto a los demás y, lo más importante, la educación. ¿Por qué esos programas existen? La respuesta es muy triste, porque los vemos. Alguien podrá aventurarse más allá y se preguntará, ¿y por qué la pauta para emitir algo tiene que ser la audiencia, si está demostrado que produce esos programas? Pues porque lo que sostiene toda esta maquinaria es el dinero, el capitalismo: la audiencia da dinero por lo que los productores y los altos ejecutivos no se paran en minucias morales y crean programas que den dinero. El dinero es lo más importante. Caemos en un círculo vicioso de avaricia –a la cual el capitalismo da vía libre- y de estupidez, ya que los productores apuestan por lo que da dinero, y lo que da dinero es la estupidez de la gente que sólo es capaz de entretenerse con una bazofia directa, facilona y grosera.
¿Es que nadie se da cuenta? ¿Es que nadie va a hacer nada? ¿De verdad hay que resignarse a tanta estupidez?