[...] Los apologetas cristianos creyeron que podrían encontrar en el emperador un oyente benévolo. Pero la oposición entre el estoico, que basa su conducta en una razón divina, expresada en el daímon interior de la conciencia propia y reflejada en el orden cósmico, y el cristiano, adepto de una fe dogmática, basada en las creencias reveladas y unos cultos mistéricos, era demasiado infranqueable. El servicio al Estado era un deber sagrado para un estoico romano, que no podía sentir simpatía por la actuación política, harto turbia, de los cristianos como grupo social. Frente a las promesas de una recompensa ultramundana que el filósofo desdeñaba como ilusorias, al estoico no le quedaba otra satisfacción que la de cumplir con su ética autónoma, en armonía con el cosmos y su divinidad inmanente.
En el caso personal de Marco Aurelio el enfrentamiento es un tanto más patético, porque sentimentalmente su humanitarismo le aproximaba al sentir cristiano. En Marco Aurelio "se encuentra igualmente el concepto, ausente del antiguo estoicismo, de la piedad, de la caridad incluso con los que le ofenden" (Reardon). "Lo propio del hombre es amar incluso a quienes nos dañan", escribe Marco Aurelio. Y esta generosidad en el perdón no era sólo teórica; la practicó una y otra vez, silenciando los nombres de sus enemigos, olvidando las rencillas y las traiciones. Esa bondad natural, cercana al concepto cristiano de la caridad hacia el prójimo, era innegable. Aún más, a su filantropía Marco Aurelio unía un ascetismo y un desprecio de las vanidades mundanas que encuentran ecos en el cristianismo, un cierto contemptus mundi, como ya Renan subrayó en su obra.
"Marco Aurelio tenía la fe y tenía la caridad; lo que le faltaba era la esperanza", escribió U. Wilamowitz sagazmente. Una frase que conviene matizar: la fe del estoico es racionalista, y su caridad, gratuita. Pero, desde luego, la falta de esperanza es un rasgo definitivo en la contraposición. Por un lado esa resignación desesperada es característica de la época última del estoicismo [...]. Frente a la confiada actitud de los mártires cristianos en una recompensa ultraterrena -en el que se compensarían con creces las injusticias de este mundo y donde se patentizaría la Justicia divina-, el estoicismo no tenía nada que ofrecer, salvo su ideal del sabio, feliz en su autarquía apática, inquebrantable ante los golpes de la Fortuna, como el peñasco ante los embates del mar, un ideal aristocrático, egoísta y frío. En el conflicto entre el estoicismo racionalista y las nuevas religiones mistéricas, con sus evangélicas promesas, con sus dioses compasivos, aquél tenía perdida la partida. [...]
Carlos García Gual
Introducción a las "Meditaciones" de Marco Aurelio, ed. Gredos.
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miércoles, octubre 31, 2012
lunes, octubre 24, 2011
Hay determinismo absoluto
Hay determinismo absoluto en las condiciones de existencia de los fenómenos naturales, tanto en los cuerpos vivos como en los cuerpos inertes.
Hay que admitir como un axioma experimental que en los seres vivientes lo mismo que en los cuerpos inertes, las condiciones de existencia de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta. Lo que quiere decir, en otros términos, que una vez conocida y cumplida la condición de un fenómeno, el fenómeno debe reproducirse siempre y necesariamente, a voluntad del experimentador. La negación de esta proposición sería nada menos que la negación de la ciencia misma. En efecto, como la ciencia no es más que lo determinado y lo determinable, se debe forzosamente admitir como axioma que en condiciones idénticas todo fenómeno es idéntico, y que tan pronto como las condiciones no son ya las mismas, el fenómeno cesa de ser idéntico. Este principio es absoluto, tanto en los fenómenos de los cuerpos inertes como en los de los seres vivientes, y la influencia de la vida [con la "influencia de la vida" se refiere al concepto que tenían los vitalistas de "lo vivo" en contraposición con "lo inerte", según la cual los seres vivos tenían una fuerza vital inherente y misteriosa que no se regía por las leyes físico-químicas por las cuales se regían los cuerpos inertes], sea cualquiera la idea que de ella nos formemos, nada podría cambiar en esto. Tal como lo hemos dicho, lo que se llama fuerza vital es una causa primera análoga a todas las otras, en el sentido de que ella nos es perfectamente desconocida. Poco importa que se admita o no que esta fuerza difiera esencialmente de las que presiden a las manifestaciones de los fenómenos de los cuerpos inertes; es necesario de cualquier manera que haya determinismo en los fenómenos vitales que ella rige; porque sin ello sería una fuerza ciega y sin ley, lo que es imposible. De aquí resulta que los fenómenos de la vida sólo tienen sus leyes especiales porque hay un determinismo riguroso en las diversas circunstancias que constituyen sus condiciones de existencia o que provocan sus manifestaciones; lo que es la misma cosa. Ahora bien, como ya lo hemos repetido a menudo, sólo con ayuda de la experimentación podemos llegar, en los fenómenos de los cuerpos vivos como en los de los cuerpos inertes, al conocimiento de las condiciones que reglan estos fenómenos y que nos permiten en consecuencia dominarlos.
Todo lo que precede podrá parecer elemental a los hombres que cultivan las ciencias físico-químicas. Pero entre los naturalistas y sobre todo entre los médicos, se encuentran hombres que, en nombre de lo que llaman el vitalismo, emiten sobre el tema que nos ocupa las ideas más erróneas. Piensan que el estudio de los fenómenos de la materia viva, no podría tener ninguna relación con el estudio de los fenómenos de la materia inerte. Consideran la vida como una influencia misteriosa y sobrenatural que obra arbitrariamente emancipándose de todo determinismo, y tachan de materialistas a todos los que se esfuerzan por reducir los fenómenos vitales a condiciones orgánicas y físico-químicas determinadas. Son éstas ideas falsas, que no es fácil extirpar una vez que han tomado posesión de un espíritu; únicamente los progresos de la ciencia las harán desaparecer. Pero las ideas vitalistas, tomadas en el sentido que acabamos de indicar, no son otra cosa más que una especie de superstición médica, una creencia en lo sobrenatural. Ahora bien, en medicina la creencia en las causas ocultas, que se le llame vitalismo o de otro modo, favorece la ignorancia y crea una especie de charlatanismo involuntario, es decir, la creencia en una ciencia infusa e indeterminable. El sentimiento del determinismo absoluto de los fenómenos de la vida lleva, por el contrario, a la ciencia real, y nos da una modestia que resulta de la conciencia de nuestros escasos conocimientos y de las dificultades de la ciencia. A su vez, este sentimiento es el que nos incita a trabajar para instruirnos, y en definitiva, es a él solamente que la ciencia debe todos sus progresos.
Claude Bernard, Introducción al estudio de la medicina experimental (1865)
Fue en el siglo XIX cuando comenzó la medicina experimental, la medicina como ciencia, la verdadera medicina. A partir de ahí, de Claude Bernard y otros valientes médicos que dieron ese importante paso en contra de la tradición tan arraigada que han arrastrado siempre, que si Hipócrates, que si Galeno; a partir de ahí fue cuando se produjo el grandísimo avance, el borrón y cuenta nueva que pasó de oscuros y nada claros procedimientos a cristalinas relaciones causales obtenidas del método científico, pasadas por su filtro, demostradas. Y con este instrumento, en menos de dos siglos hemos pasado de ese oscurantismo empírico a lo que tenemos ahora.
Pero he querido redactar las palabras exactas de Claude Bernard para que lo sientan de primera mano, y para que vean que le debemos mucho a la ciencia, ya no sólo en medicina, sino en todos los ámbitos de nuestra vida. No viviríamos igual si no fuera por ella. Se ha demostrado como el mejor método para obtener conocimiento, y en la historia y sus textos está (este libro que cito, por ejemplo) para quien quiera verlo por sí mismo. No sean analfabetos y acepten cualquier tontería (por ejemplo) sin hacer crítica sobre ella, como si no lleváramos siglos y siglos de historia a cuestas, como si en nuestra inmensa ignorancia, creyeramos nuestro tropezar con la piedra la primera vez, y no la enésima que resulta en realidad.
A veces pienso que luchamos en la vida sólo para que nuestros errores puedan cometerlos las generaciones futuras más comodamente.
Hay que admitir como un axioma experimental que en los seres vivientes lo mismo que en los cuerpos inertes, las condiciones de existencia de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta. Lo que quiere decir, en otros términos, que una vez conocida y cumplida la condición de un fenómeno, el fenómeno debe reproducirse siempre y necesariamente, a voluntad del experimentador. La negación de esta proposición sería nada menos que la negación de la ciencia misma. En efecto, como la ciencia no es más que lo determinado y lo determinable, se debe forzosamente admitir como axioma que en condiciones idénticas todo fenómeno es idéntico, y que tan pronto como las condiciones no son ya las mismas, el fenómeno cesa de ser idéntico. Este principio es absoluto, tanto en los fenómenos de los cuerpos inertes como en los de los seres vivientes, y la influencia de la vida [con la "influencia de la vida" se refiere al concepto que tenían los vitalistas de "lo vivo" en contraposición con "lo inerte", según la cual los seres vivos tenían una fuerza vital inherente y misteriosa que no se regía por las leyes físico-químicas por las cuales se regían los cuerpos inertes], sea cualquiera la idea que de ella nos formemos, nada podría cambiar en esto. Tal como lo hemos dicho, lo que se llama fuerza vital es una causa primera análoga a todas las otras, en el sentido de que ella nos es perfectamente desconocida. Poco importa que se admita o no que esta fuerza difiera esencialmente de las que presiden a las manifestaciones de los fenómenos de los cuerpos inertes; es necesario de cualquier manera que haya determinismo en los fenómenos vitales que ella rige; porque sin ello sería una fuerza ciega y sin ley, lo que es imposible. De aquí resulta que los fenómenos de la vida sólo tienen sus leyes especiales porque hay un determinismo riguroso en las diversas circunstancias que constituyen sus condiciones de existencia o que provocan sus manifestaciones; lo que es la misma cosa. Ahora bien, como ya lo hemos repetido a menudo, sólo con ayuda de la experimentación podemos llegar, en los fenómenos de los cuerpos vivos como en los de los cuerpos inertes, al conocimiento de las condiciones que reglan estos fenómenos y que nos permiten en consecuencia dominarlos.
Todo lo que precede podrá parecer elemental a los hombres que cultivan las ciencias físico-químicas. Pero entre los naturalistas y sobre todo entre los médicos, se encuentran hombres que, en nombre de lo que llaman el vitalismo, emiten sobre el tema que nos ocupa las ideas más erróneas. Piensan que el estudio de los fenómenos de la materia viva, no podría tener ninguna relación con el estudio de los fenómenos de la materia inerte. Consideran la vida como una influencia misteriosa y sobrenatural que obra arbitrariamente emancipándose de todo determinismo, y tachan de materialistas a todos los que se esfuerzan por reducir los fenómenos vitales a condiciones orgánicas y físico-químicas determinadas. Son éstas ideas falsas, que no es fácil extirpar una vez que han tomado posesión de un espíritu; únicamente los progresos de la ciencia las harán desaparecer. Pero las ideas vitalistas, tomadas en el sentido que acabamos de indicar, no son otra cosa más que una especie de superstición médica, una creencia en lo sobrenatural. Ahora bien, en medicina la creencia en las causas ocultas, que se le llame vitalismo o de otro modo, favorece la ignorancia y crea una especie de charlatanismo involuntario, es decir, la creencia en una ciencia infusa e indeterminable. El sentimiento del determinismo absoluto de los fenómenos de la vida lleva, por el contrario, a la ciencia real, y nos da una modestia que resulta de la conciencia de nuestros escasos conocimientos y de las dificultades de la ciencia. A su vez, este sentimiento es el que nos incita a trabajar para instruirnos, y en definitiva, es a él solamente que la ciencia debe todos sus progresos.
Claude Bernard, Introducción al estudio de la medicina experimental (1865)
Fue en el siglo XIX cuando comenzó la medicina experimental, la medicina como ciencia, la verdadera medicina. A partir de ahí, de Claude Bernard y otros valientes médicos que dieron ese importante paso en contra de la tradición tan arraigada que han arrastrado siempre, que si Hipócrates, que si Galeno; a partir de ahí fue cuando se produjo el grandísimo avance, el borrón y cuenta nueva que pasó de oscuros y nada claros procedimientos a cristalinas relaciones causales obtenidas del método científico, pasadas por su filtro, demostradas. Y con este instrumento, en menos de dos siglos hemos pasado de ese oscurantismo empírico a lo que tenemos ahora.
Pero he querido redactar las palabras exactas de Claude Bernard para que lo sientan de primera mano, y para que vean que le debemos mucho a la ciencia, ya no sólo en medicina, sino en todos los ámbitos de nuestra vida. No viviríamos igual si no fuera por ella. Se ha demostrado como el mejor método para obtener conocimiento, y en la historia y sus textos está (este libro que cito, por ejemplo) para quien quiera verlo por sí mismo. No sean analfabetos y acepten cualquier tontería (por ejemplo) sin hacer crítica sobre ella, como si no lleváramos siglos y siglos de historia a cuestas, como si en nuestra inmensa ignorancia, creyeramos nuestro tropezar con la piedra la primera vez, y no la enésima que resulta en realidad.
A veces pienso que luchamos en la vida sólo para que nuestros errores puedan cometerlos las generaciones futuras más comodamente.
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sábado, agosto 21, 2010
La época del "señorito satisfecho" (la vida como escalera mecánica, parte 2)
Escribí yo hace ya algún tiempo sobre una especie de apatía aburrida e insustancial que pulula por nuestras vidas como alquitrán espeso y pestilente. Pues esta idea, como era de esperar, ya se había expuesto mucho antes de que lo hiciera yo o cualquier persona de este tiempo (a pesar de que nos estamos refiriendo a un acontecimiento rabiosamente actual). Fue Ortega y Gasset quien, hace casi un siglo, pronosticó con todo lujo de detalles el tipo de hombre que colmaría las calles de hoy y tendría el control de la cosa pública. Él lo llamó el hombre-masa, y lo dotó de todas las cualidades que hoy inundan nuestras atiborradas almas.
Yo me quería centrar en este artículo en una de esas genuinas cualidades que presenta nuestro hombre-masa de hoy: la del niño mimado, y así le doy una segunda parte al cuento de "la vida como escalera mecánica".
Ortega y Gasset nos presenta a este hombnre-masa como un producto de los grandes avances tecnológicos y sociales del siglo XIX (recordemos que esto lo escribe a principios del XX): "La civilización del siglo XIX permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe sólo la súperabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, [...]. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar estas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción.[...] Este desequilibrio le falsifica, le vicia en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro". Recibe todos estos avances como herencia de la historia, y por eso Gasset lo compara con el heredero aristócrata: "Este personaje [el hombre-masa] es el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero.[...] Nosotros tendemos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de mejor calidad a la que consiste, precisamente, en luchar con la escasez. Pero no hay tal.[...] Es la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, [...] se encuentra en medio de su riqueza y sus prerrogativas. Él no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente, su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. Y, entonces, ¿qué vida va a vivir el aristócrata de herencia, la suya o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por tanto, a no ser ni el otro ni él mismo". Después, Ortega y Gasset remata con: "Toda vida es la lucha, el esfuerzo para ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son, precisamente, lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar."
Así es, pues, nuestra época, la época del "señorito satisfecho", llena de hombres falsificados. ¿Qué cómo se cura? Pues como todas estas enfermedades: conociendo la Hisotria, conociendo a todas esas personas a las que les debemos todo lo que nos rodea, leyendo, preguntándonos, etc.
Dice Pérez-Reverte, y con esto acabo, que para entender lo que somos tenemos que saber lo que fuimos. Pues eso.
Yo me quería centrar en este artículo en una de esas genuinas cualidades que presenta nuestro hombre-masa de hoy: la del niño mimado, y así le doy una segunda parte al cuento de "la vida como escalera mecánica".
Ortega y Gasset nos presenta a este hombnre-masa como un producto de los grandes avances tecnológicos y sociales del siglo XIX (recordemos que esto lo escribe a principios del XX): "La civilización del siglo XIX permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe sólo la súperabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, [...]. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar estas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción.[...] Este desequilibrio le falsifica, le vicia en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro". Recibe todos estos avances como herencia de la historia, y por eso Gasset lo compara con el heredero aristócrata: "Este personaje [el hombre-masa] es el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero.[...] Nosotros tendemos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de mejor calidad a la que consiste, precisamente, en luchar con la escasez. Pero no hay tal.[...] Es la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, [...] se encuentra en medio de su riqueza y sus prerrogativas. Él no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente, su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. Y, entonces, ¿qué vida va a vivir el aristócrata de herencia, la suya o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por tanto, a no ser ni el otro ni él mismo". Después, Ortega y Gasset remata con: "Toda vida es la lucha, el esfuerzo para ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son, precisamente, lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar."
Así es, pues, nuestra época, la época del "señorito satisfecho", llena de hombres falsificados. ¿Qué cómo se cura? Pues como todas estas enfermedades: conociendo la Hisotria, conociendo a todas esas personas a las que les debemos todo lo que nos rodea, leyendo, preguntándonos, etc.
Dice Pérez-Reverte, y con esto acabo, que para entender lo que somos tenemos que saber lo que fuimos. Pues eso.
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jueves, enero 07, 2010
Empezar a pensar desde la vida
La homeostasis es el principio por el cual se rige el funcionamiento de un ser vivo. Es decir, la razón de cómo un ser vivo vive. Pero empecemos desde más atrás, desde lo que significa eso de ser una cosa viva. Siempre, desde que nos levantamos hasta que nos volvemos a levantar al día siguiente somos un puñado de células. Imagínense charlando con alguien, conduciendo, jugando al fútbol, leyendo, de fiesta en Nochevieja… en todos esos supuestos ustedes se mueven porque un montón de fibras de actina se unen a otras tantas de miosina en cada músculo que usan; hablan porque al comprimirse los pulmones el aire que pasa por la laringe hace vibrar y producir sonido a las cuerdas vocales, y con ese sonido el cerebro moldea la boca, la faringe y la laringe para convertirlo en las palabras (en los fonemas) que exactamente queremos usar. Y detrás de todo eso ¿qué hay? Pues células, células que se unen de una determinada manera para formar tejidos, los cuales se agrupan de una determinada forma para formar esas estructuras u órganos (pulmones, laringe, músculos) que he mencionado.
Bien, pero ¿Cuál es la razón de que todo funcione, esté en continuo movimiento? ¿Cómo es que no están las células “paradas”, ya que son simplemente moléculas engarzadas, es decir, materia? Pues la razón es química: la osmosis, los juegos de presiones, el pH y la temperatura, por decir algunos, son los responsables de que las moléculas se muevan. Y, siguiendo este razonamiento, llegamos al principio de este artículo: se comprende que estamos hechos de células, y que entre ellas dentro del cuerpo las sustancias se pueden mover, pero, ¿cómo es posible que las sustancias sepan exactamente a dónde tienen que ir? Y lo más importante, ¿cómo es que las concentraciones necesarias de oxígeno, de glucosa, de sodio, la cantidad justa de sangre, etc, se mantengan más o menos estables SIEMPRE, durante un periodo de tiempo de ochenta años por término medio? La respuesta es el primer sustantivo que he escrito arriba: la homeostasis.
Para exponer la idea principal de este artículo primero tengo que explicar un poco en qué consiste la homeostasis. Un buen ejemplo es la respiración celular: cualquier célula del organismo necesita gastar oxígeno para realizar sus tareas correspondientes, hecho lo cual produce CO2 (grosso modo). Si esto es así llegará un momento en que se vean la célula y las de alrededor atestadas de dióxido de carbono y sin una gota de oxígeno. Es la sangre la que llega a cada rincón de nuestro cuerpo (a cada célula arrinconada), le trae el O2 que necesita y se lleva el dióxido de carbono sobrante. En otras palabras, restablece las concentraciones normales de las dos sustancias para que los tejidos sigan realizando su función, esto es, mucho O2 y poco CO2. Eso es la homeostasis, el mantenimiento de las condiciones que hacen viable la vida, nuestra vida.
Podemos afirmar entonces que cada modificación anómala en el cuerpo humano lleva consigo inmediatamente una respuesta que la restablezca (si no se produciría una patología). Todas estas respuestas las da el sistema nervioso autónomo, que es la parte del sistema nervioso que es subconsciente, y que por tanto, no podemos controlar (nosotros no decidimos que nuestro volumen sanguíneo es lo suficientemente bajo como para aumentar la presión arterial, y sin embargo lo hacemos). Por tanto, nuestro sistema nervioso subconsciente lucha porque haya en nuestro organismo unas condiciones esencialmente vitales. En otras palabras, nosotros funcionamos para vivir. Nuestro cometido, subconscientemente, es que haya vida. Como seres vivos que somos la vida busca a la vida. El doctor Arthur Guyton se atrevió a llevar hasta las últimas consecuencias el concepto de homeostasis: “a veces no se considera que la reproducción sea una función homeostática, aunque ayuda a mantener la homeostasis generando nuevos seres que ocuparán el lugar de aquellos que mueren. Esto nos muestra que, en el análisis final, esencialmente todas las estructuras corporales están organizadas de tal forma que ayudan a mantener el automatismo y la continuidad de la vida”. No sé si captan la preciosidad de la frase.
Pues aquí quería yo llegar: si nuestro subconsciente –entendiendo subconsciente como el que acabo de definir, el sistema nervioso autónomo, y no el genuinamente freudiano, que podríamos entender como el sótano de lo consciente, entre este y el autónomo- si nuestro subconsciente, decía, aboga por la vida, cabe reflexionar sobre la otra parte del sistema nervioso, la consciente, la que nos permite esa maravillosa y a la vez peligrosísima libertad que es la elección. Porque nosotros no siempre elegimos la vida, muchas veces nuestros actos hacen desgraciadas a otras personas, les hacemos daño, incluso las matamos. ¿La vida contra la vida? Eso no es lo natural. Alguien podrá argumentar que no vale generalizar “la vida” como la vida de todos, dirá que nuestro organismo defiende y mantiene SU vida individualmente, y que está predispuesto (estamos predispuestos) también a defendernos de agentes externos, ya sean depredadores o microbios, que también son vida. Por lo tanto la vida también funciona para destruir vida. Pero este argumento referido sólo a la raza humana es falaz, porque nosotros, y por tanto nuestro organismo (creo que ya he dejado bastante claro que el “nosotros” lleva intrínseco un significado biológico, además del típico psicológico) no puede vivir si no es en sociedad: “el hombre es un animal social”, decía Aristóteles. Es decir, no es suficiente con que mantengamos sano nuestro medio interno, del que ya se encarga el sistema nervioso autónomo, sino que para vivir las personas necesitan interactuar con otras personas. Esto se entiende científicamente porque nuestro cerebro nos proporciona una inteligencia a la que se tiene que ejercitar, planteándole situaciones con una dificultad igual o aproximada a la que ella es capaz de responder. Y qué mejor para ello que interactuar con cerebros igualmente desarrollados. Por eso se puede decir que para vivir tenemos que mantener constantes nuestras concentraciones normales de sociabilidad. Muchas veces hay un exceso de envidia, de egoísmo, o una escasez de bondad, que impide que el tejido de la sociedad funcione correctamente. Y, claro, esas concentraciones no las regula el autónomo (qué fácil sería) sino que lo hace lo consciente, la razón, nosotros en nuestra libertad.
A donde estoy intentando llegar es a una especie de moral que brota de la naturaleza misma. Estoy intentando llegar a la base de la ética buscándola no en Dios, no en conceptos metafísicos, sino en la vida misma. Tenemos en nuestras narices el hecho tan maravilloso en su perfecta complejidad como rabiosamente real que es la vida, y somos tan imbéciles que por su cotidianidad la pasamos por alto y buscamos respuestas en estrellas, dioses y vagas quimeras.
Nosotros, como lo consciente de nosotros, tenemos una responsabilidad para con nuestra vida, que es el vivir en sociedad, y para conseguir eso es preciso que la amabilidad, la bondad, el amor, aparezcan, se hagan notar, porque si seguimos así, si seguimos con este egoísmo enfermizo que se extiende por todo el mundo civilizado como una asquerosa plaga, acabaremos destruyéndonos.
Somos un puñado de células, somos vida. Empecemos, pues, a pensar desde la vida.
Bien, pero ¿Cuál es la razón de que todo funcione, esté en continuo movimiento? ¿Cómo es que no están las células “paradas”, ya que son simplemente moléculas engarzadas, es decir, materia? Pues la razón es química: la osmosis, los juegos de presiones, el pH y la temperatura, por decir algunos, son los responsables de que las moléculas se muevan. Y, siguiendo este razonamiento, llegamos al principio de este artículo: se comprende que estamos hechos de células, y que entre ellas dentro del cuerpo las sustancias se pueden mover, pero, ¿cómo es posible que las sustancias sepan exactamente a dónde tienen que ir? Y lo más importante, ¿cómo es que las concentraciones necesarias de oxígeno, de glucosa, de sodio, la cantidad justa de sangre, etc, se mantengan más o menos estables SIEMPRE, durante un periodo de tiempo de ochenta años por término medio? La respuesta es el primer sustantivo que he escrito arriba: la homeostasis.
Para exponer la idea principal de este artículo primero tengo que explicar un poco en qué consiste la homeostasis. Un buen ejemplo es la respiración celular: cualquier célula del organismo necesita gastar oxígeno para realizar sus tareas correspondientes, hecho lo cual produce CO2 (grosso modo). Si esto es así llegará un momento en que se vean la célula y las de alrededor atestadas de dióxido de carbono y sin una gota de oxígeno. Es la sangre la que llega a cada rincón de nuestro cuerpo (a cada célula arrinconada), le trae el O2 que necesita y se lleva el dióxido de carbono sobrante. En otras palabras, restablece las concentraciones normales de las dos sustancias para que los tejidos sigan realizando su función, esto es, mucho O2 y poco CO2. Eso es la homeostasis, el mantenimiento de las condiciones que hacen viable la vida, nuestra vida.
Podemos afirmar entonces que cada modificación anómala en el cuerpo humano lleva consigo inmediatamente una respuesta que la restablezca (si no se produciría una patología). Todas estas respuestas las da el sistema nervioso autónomo, que es la parte del sistema nervioso que es subconsciente, y que por tanto, no podemos controlar (nosotros no decidimos que nuestro volumen sanguíneo es lo suficientemente bajo como para aumentar la presión arterial, y sin embargo lo hacemos). Por tanto, nuestro sistema nervioso subconsciente lucha porque haya en nuestro organismo unas condiciones esencialmente vitales. En otras palabras, nosotros funcionamos para vivir. Nuestro cometido, subconscientemente, es que haya vida. Como seres vivos que somos la vida busca a la vida. El doctor Arthur Guyton se atrevió a llevar hasta las últimas consecuencias el concepto de homeostasis: “a veces no se considera que la reproducción sea una función homeostática, aunque ayuda a mantener la homeostasis generando nuevos seres que ocuparán el lugar de aquellos que mueren. Esto nos muestra que, en el análisis final, esencialmente todas las estructuras corporales están organizadas de tal forma que ayudan a mantener el automatismo y la continuidad de la vida”. No sé si captan la preciosidad de la frase.
Pues aquí quería yo llegar: si nuestro subconsciente –entendiendo subconsciente como el que acabo de definir, el sistema nervioso autónomo, y no el genuinamente freudiano, que podríamos entender como el sótano de lo consciente, entre este y el autónomo- si nuestro subconsciente, decía, aboga por la vida, cabe reflexionar sobre la otra parte del sistema nervioso, la consciente, la que nos permite esa maravillosa y a la vez peligrosísima libertad que es la elección. Porque nosotros no siempre elegimos la vida, muchas veces nuestros actos hacen desgraciadas a otras personas, les hacemos daño, incluso las matamos. ¿La vida contra la vida? Eso no es lo natural. Alguien podrá argumentar que no vale generalizar “la vida” como la vida de todos, dirá que nuestro organismo defiende y mantiene SU vida individualmente, y que está predispuesto (estamos predispuestos) también a defendernos de agentes externos, ya sean depredadores o microbios, que también son vida. Por lo tanto la vida también funciona para destruir vida. Pero este argumento referido sólo a la raza humana es falaz, porque nosotros, y por tanto nuestro organismo (creo que ya he dejado bastante claro que el “nosotros” lleva intrínseco un significado biológico, además del típico psicológico) no puede vivir si no es en sociedad: “el hombre es un animal social”, decía Aristóteles. Es decir, no es suficiente con que mantengamos sano nuestro medio interno, del que ya se encarga el sistema nervioso autónomo, sino que para vivir las personas necesitan interactuar con otras personas. Esto se entiende científicamente porque nuestro cerebro nos proporciona una inteligencia a la que se tiene que ejercitar, planteándole situaciones con una dificultad igual o aproximada a la que ella es capaz de responder. Y qué mejor para ello que interactuar con cerebros igualmente desarrollados. Por eso se puede decir que para vivir tenemos que mantener constantes nuestras concentraciones normales de sociabilidad. Muchas veces hay un exceso de envidia, de egoísmo, o una escasez de bondad, que impide que el tejido de la sociedad funcione correctamente. Y, claro, esas concentraciones no las regula el autónomo (qué fácil sería) sino que lo hace lo consciente, la razón, nosotros en nuestra libertad.
A donde estoy intentando llegar es a una especie de moral que brota de la naturaleza misma. Estoy intentando llegar a la base de la ética buscándola no en Dios, no en conceptos metafísicos, sino en la vida misma. Tenemos en nuestras narices el hecho tan maravilloso en su perfecta complejidad como rabiosamente real que es la vida, y somos tan imbéciles que por su cotidianidad la pasamos por alto y buscamos respuestas en estrellas, dioses y vagas quimeras.
Nosotros, como lo consciente de nosotros, tenemos una responsabilidad para con nuestra vida, que es el vivir en sociedad, y para conseguir eso es preciso que la amabilidad, la bondad, el amor, aparezcan, se hagan notar, porque si seguimos así, si seguimos con este egoísmo enfermizo que se extiende por todo el mundo civilizado como una asquerosa plaga, acabaremos destruyéndonos.
Somos un puñado de células, somos vida. Empecemos, pues, a pensar desde la vida.
lunes, abril 27, 2009
Buscando el significado de "ser humano"
Esto tiene que ver con ahora, esto tiene que ver con todos nosotros, conmigo y con mi futuro. El problema llega cuando somos capaces de hacer lo que no somos capaces de entender. Por aquí y por allí surgen cuestiones que inflaman debates y crean litigios entre ideologías y corrientes, entre países y comunidades, entre vecino y vecina. Y cabe resolver de tal embrollo que algo se cuece, y que ese algo es tan importante como difícil de solucionar (entiéndase aquí solucionar como encontrar una mayoría de acuerdo). En realidad no es un problema sino varios, seguro que les suenan: ¿aborto sí, aborto no? ¿Células madre sí, células madre no? etc, ya saben por donde voy. Y, ¿por qué tanta disparidad de ideas, de soluciones, de opiniones? Pues bien, de eso voy a hablar e intentar exponer mi punto de vista.
Cojamos el primer ejemplo que cito arriba: aborto sí aborto no. ¿Por qué aborto sí? Porque, ya sean parejas o chicas solas, hay mucha gente que no está preparada para tener un hijo, ya sea por escasez de dinero como de cualidades paternas (que las hay, y no solo en gente sin hijos), alegando también que el futuro hijo es suyo y es ella la que elige. Además se dan los casos de que los médicos detectan alguna malformación que impide a este futuro niño llevar una vida digna (discapacidades mentales, físicas, etc), y los padres ahorran a éste dicho sufrimiento. Todo esto adobado con que hasta que no nace o hasta nosequé mes no se considera asesinato. ¿Por qué aborto no? Porque, aunque sea feto o incluso embrión, es un ser humano y el aborto es un asesinato, porque si se dejase el aborto libre nadie llevaría moderación con el sexo y todo sería Sodoma y Gomorra, fornicando en cualquier sitio y si me quedo embarazada aborto y a seguir fornicando, porque eso sería manipular la voluntad de Dios, etc.
Sé que me dejo algunos argumentos de cada bando en el tintero pero sigamos con otro ejemplo: hubo un caso no hace mucho de un niño que se moría, y cuya única salida tras arduas investigaciones médicas era que necesitaban las propiedades totipotentes de células embrionarias para reconstruir no sé qué tejido (perdonad que no esté tan documentado). El caso es que, in vitro, espermatozoides de papi fueron a la caza de óvulos de mami y varios de estos fueron fecundados. De estos embriones sólo se necesitó uno para la terapia del niño moribundo, que resultó un éxito. Los demás embriones fueron desechados, y aquí es donde mucha gente se echa las manos a la cabeza. Algunos dirán "pero señores, entiendan la situación: niño vivo que se muere, puñado de células que curan... blanco y en botella..." y otros "esos embriones eran vidas humanas en formación, ¿de verdad es necesario el sacrifio de varios hermanos para salvar a uno?"
Podría escribir varios ejemplos más, como la eutanasia o la eugenesia pero créanme que se haría esto eterno. Hay un problema de fondo en todos ellos, y es que nadie tiene muy claro qué es el ser humano y cual es su valor. En qué supuestos hay que respetar la vida y en qué otros no. Se han creado diferentes corrientes antropológicas para intentar dar razones a lo que ellos consideran más importante: ¿La libertad del individuo para elegir vivir o morir, o la propia vida? ¿Cuando se considera ser humano, a partir de la fecundación, del feto, del nacimiento o cuando tenga conciencia? Para todas estas preguntas se necesita saber qué es el ser humano y qué valor tiene su vida. Eso es lo que falla y lo que provoca tanta diversidad de opiniones.
¿Qué significa ser humano? A la vista está que el término no sólo abarca a la especie, pues no se mata a una persona igual que se mata a un pollo. Nosotros nos damos un valor especial que nos diferencia significativamente de las demás especies, y a partir de él nos achacamos una serie de características y derechos inalienables, que dirían los ilustrados: derecho a la vida, derecho a la libertad, derecho a la dignidad humana, etc. Con estos derechos, o con la justicia del hombre, que es lo mismo, se argumenta sobre la vida y la muerte, es decir sobre los problemas actuales que nos presenta el avance médico. Pero, ¿de dónde sale ese valor especial que nosotros nos damos con respecto a otras especies? ¿Qué tenemos de special que nos obligamos a no matarnos, a tratarnos con un mínimo de respeto y, en definitiva, a no tratarnos como tratamos muchas veces a los animales? Pues la razón, a mi parecer, es el miedo. El miedo al dolor, el miedo a morir. Existe una identificación entre unos individuos y otros que hace que extrapoles el sentimiento que te inspiran ciertos hechos a otro individuo parecido a ti, y resuelves en ahorrárselo o hacérselo sentir, según si es desagradable o agradable para ti. Es como un egoísmo transmitido: el otro se parece tanto a mí que mi cerebro responde como si yo fuese él, y por lo tanto yo le trato como a mí me gusta que me traten. Es una respuesta neuronal y, por lo tanto, fisiológica. Por lo tanto, ese valor especial que nos damos es porque nos parecemos unos a otros (claro, somos de la misma especie), cosa que no aplicamos a las demás especies. Por eso no vemos mal que se maten gallinas o cerdos, porque no se parecen tanto a nosotros como para que nuestro cerebro extrapole a ellos nuestro egoísmo. Aquí existe una gradación, por lo que a los que se parecen más a nosotros, dígase chimpancés, perros (sí, nosotros reconocemos en el perro manifestaciones de sentimientos comunes a nosotros), etc. les otorgamos más derechos que a otros.
Hay que matizar también que ese proceso fisiológico de extrapolación del egoísmo es subjetivo y se puede modificar, por lo que no todos nos sentimos igualmente identificados con las mismas cosas. Por eso existe el racismo, el machismo, la homofobia, y demás variantes. Pero eso es otra historia.
Lo más curioso del asunto es que ese egoísmo extrapolado basado en la identificación por parecido (así, supongo, se llamaría esta teoría) no es único del ser humano sino que lo tienen muchos seres vivos. El miedo es un programa que llevan incorporado todo insecto, ave o mamífero (sólo hay que ver cómo retroceden ante una amenaza externa). La pregunta ahora sería: cual es el lugar del sistema nervioso que reconoce la amenaza y provoca el miedo y, por tanto, qué sistemas nerviosos (qué seres vivos) realizan esta función y cuales no. Y, correlativamente, cuales realizan ese egoísmo extrapolado y cuales no. Es el cerebro el gran desconocido, y por eso todavía no conocemos estas respuestas. Pero lo que sí es seguro es que algunas especies sí que tienen esta característica, como los simios, los perros... No sé si se han dado cuenta pero ese egoísmo extrapolado que hace que tratemos a los que se parecen a nosotros como creemos que deberían tratarnos a nosotros no es más que la justicia. Y dado que ese proceso fisiológico, aunque no de igual manera, se da en todos nosotros, podemos deducir que la justicia es innata, ya está programada, no la creamos nosotros. Y aún más, la justicia no es única del ser humano, también la poseen algunos animales
De todo esto se pueden sacar las siguientes conclusiones: 1. El ser humano se cree superior a las demás especies y, por tanto da mucha más importancia a su vida porque nuestro miedo a morir y nuestra predisposición natural a la vida (instinto de supervivencia) la trasladamos a los demás por reconocernos en los demás. 2.Los animales que también se reconocen en los demás y trasladan su propia predisposición a la vida a los de su especie darán más importancia a las vidas de su especie que a las de las demás, igual que nosotros. 3.Dado que el ser humano sólo puede mirar con ojos de ser humano es imposible establecer una valoración de la vida (¿cual es más importante, la vida del hombre o la del cerdo?) objetiva. 4.Por lo tanto, y para terminar, los que defienden que la vida humana es inviolable porque el ser humano por ser tal ya tiene una dignidad innata se equivocan de cabo a rabo.
Y perdonen la parrafada pero estas cuestiones son difíciles de convertir en palabras y, como digo al principio, tanto para los que han elegido mi carrera como para los que no, es importante planteárselas alguna vez en la vida.
Cojamos el primer ejemplo que cito arriba: aborto sí aborto no. ¿Por qué aborto sí? Porque, ya sean parejas o chicas solas, hay mucha gente que no está preparada para tener un hijo, ya sea por escasez de dinero como de cualidades paternas (que las hay, y no solo en gente sin hijos), alegando también que el futuro hijo es suyo y es ella la que elige. Además se dan los casos de que los médicos detectan alguna malformación que impide a este futuro niño llevar una vida digna (discapacidades mentales, físicas, etc), y los padres ahorran a éste dicho sufrimiento. Todo esto adobado con que hasta que no nace o hasta nosequé mes no se considera asesinato. ¿Por qué aborto no? Porque, aunque sea feto o incluso embrión, es un ser humano y el aborto es un asesinato, porque si se dejase el aborto libre nadie llevaría moderación con el sexo y todo sería Sodoma y Gomorra, fornicando en cualquier sitio y si me quedo embarazada aborto y a seguir fornicando, porque eso sería manipular la voluntad de Dios, etc.
Sé que me dejo algunos argumentos de cada bando en el tintero pero sigamos con otro ejemplo: hubo un caso no hace mucho de un niño que se moría, y cuya única salida tras arduas investigaciones médicas era que necesitaban las propiedades totipotentes de células embrionarias para reconstruir no sé qué tejido (perdonad que no esté tan documentado). El caso es que, in vitro, espermatozoides de papi fueron a la caza de óvulos de mami y varios de estos fueron fecundados. De estos embriones sólo se necesitó uno para la terapia del niño moribundo, que resultó un éxito. Los demás embriones fueron desechados, y aquí es donde mucha gente se echa las manos a la cabeza. Algunos dirán "pero señores, entiendan la situación: niño vivo que se muere, puñado de células que curan... blanco y en botella..." y otros "esos embriones eran vidas humanas en formación, ¿de verdad es necesario el sacrifio de varios hermanos para salvar a uno?"
Podría escribir varios ejemplos más, como la eutanasia o la eugenesia pero créanme que se haría esto eterno. Hay un problema de fondo en todos ellos, y es que nadie tiene muy claro qué es el ser humano y cual es su valor. En qué supuestos hay que respetar la vida y en qué otros no. Se han creado diferentes corrientes antropológicas para intentar dar razones a lo que ellos consideran más importante: ¿La libertad del individuo para elegir vivir o morir, o la propia vida? ¿Cuando se considera ser humano, a partir de la fecundación, del feto, del nacimiento o cuando tenga conciencia? Para todas estas preguntas se necesita saber qué es el ser humano y qué valor tiene su vida. Eso es lo que falla y lo que provoca tanta diversidad de opiniones.
¿Qué significa ser humano? A la vista está que el término no sólo abarca a la especie, pues no se mata a una persona igual que se mata a un pollo. Nosotros nos damos un valor especial que nos diferencia significativamente de las demás especies, y a partir de él nos achacamos una serie de características y derechos inalienables, que dirían los ilustrados: derecho a la vida, derecho a la libertad, derecho a la dignidad humana, etc. Con estos derechos, o con la justicia del hombre, que es lo mismo, se argumenta sobre la vida y la muerte, es decir sobre los problemas actuales que nos presenta el avance médico. Pero, ¿de dónde sale ese valor especial que nosotros nos damos con respecto a otras especies? ¿Qué tenemos de special que nos obligamos a no matarnos, a tratarnos con un mínimo de respeto y, en definitiva, a no tratarnos como tratamos muchas veces a los animales? Pues la razón, a mi parecer, es el miedo. El miedo al dolor, el miedo a morir. Existe una identificación entre unos individuos y otros que hace que extrapoles el sentimiento que te inspiran ciertos hechos a otro individuo parecido a ti, y resuelves en ahorrárselo o hacérselo sentir, según si es desagradable o agradable para ti. Es como un egoísmo transmitido: el otro se parece tanto a mí que mi cerebro responde como si yo fuese él, y por lo tanto yo le trato como a mí me gusta que me traten. Es una respuesta neuronal y, por lo tanto, fisiológica. Por lo tanto, ese valor especial que nos damos es porque nos parecemos unos a otros (claro, somos de la misma especie), cosa que no aplicamos a las demás especies. Por eso no vemos mal que se maten gallinas o cerdos, porque no se parecen tanto a nosotros como para que nuestro cerebro extrapole a ellos nuestro egoísmo. Aquí existe una gradación, por lo que a los que se parecen más a nosotros, dígase chimpancés, perros (sí, nosotros reconocemos en el perro manifestaciones de sentimientos comunes a nosotros), etc. les otorgamos más derechos que a otros.
Hay que matizar también que ese proceso fisiológico de extrapolación del egoísmo es subjetivo y se puede modificar, por lo que no todos nos sentimos igualmente identificados con las mismas cosas. Por eso existe el racismo, el machismo, la homofobia, y demás variantes. Pero eso es otra historia.
Lo más curioso del asunto es que ese egoísmo extrapolado basado en la identificación por parecido (así, supongo, se llamaría esta teoría) no es único del ser humano sino que lo tienen muchos seres vivos. El miedo es un programa que llevan incorporado todo insecto, ave o mamífero (sólo hay que ver cómo retroceden ante una amenaza externa). La pregunta ahora sería: cual es el lugar del sistema nervioso que reconoce la amenaza y provoca el miedo y, por tanto, qué sistemas nerviosos (qué seres vivos) realizan esta función y cuales no. Y, correlativamente, cuales realizan ese egoísmo extrapolado y cuales no. Es el cerebro el gran desconocido, y por eso todavía no conocemos estas respuestas. Pero lo que sí es seguro es que algunas especies sí que tienen esta característica, como los simios, los perros... No sé si se han dado cuenta pero ese egoísmo extrapolado que hace que tratemos a los que se parecen a nosotros como creemos que deberían tratarnos a nosotros no es más que la justicia. Y dado que ese proceso fisiológico, aunque no de igual manera, se da en todos nosotros, podemos deducir que la justicia es innata, ya está programada, no la creamos nosotros. Y aún más, la justicia no es única del ser humano, también la poseen algunos animales
De todo esto se pueden sacar las siguientes conclusiones: 1. El ser humano se cree superior a las demás especies y, por tanto da mucha más importancia a su vida porque nuestro miedo a morir y nuestra predisposición natural a la vida (instinto de supervivencia) la trasladamos a los demás por reconocernos en los demás. 2.Los animales que también se reconocen en los demás y trasladan su propia predisposición a la vida a los de su especie darán más importancia a las vidas de su especie que a las de las demás, igual que nosotros. 3.Dado que el ser humano sólo puede mirar con ojos de ser humano es imposible establecer una valoración de la vida (¿cual es más importante, la vida del hombre o la del cerdo?) objetiva. 4.Por lo tanto, y para terminar, los que defienden que la vida humana es inviolable porque el ser humano por ser tal ya tiene una dignidad innata se equivocan de cabo a rabo.
Y perdonen la parrafada pero estas cuestiones son difíciles de convertir en palabras y, como digo al principio, tanto para los que han elegido mi carrera como para los que no, es importante planteárselas alguna vez en la vida.
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