Hay una idea a la que le tengo un miedo especial y constante, que me obsesiona y me aterra. Esa idea es convertirme en un médico arrogante y estúpido que trate mal a sus pacientes y al equipo con el que trabaja.
Esta cuestión no me ha venido por arte de magia, sino que desde hace ya demasiado tiempo sufro un bombardeo constante de historias y anécdotas sobre actuaciones médicas más que cuestionables, por decirlo suavemente. Y no sólo son historias cotidianas, sino que también las veo en libros, noticias, artículos y programas de televisión. Diré más, toda referencia que oigo sobre la profesión médica es para criticarla y para quejarse de ella. Y esto me desmoraliza, me hace pensar una y otra vez, ¿me van a odiar mis pacientes? ¿Me van a tener por un engreído imbécil mis compañeros enfermeros, auxiliares, administrativos y celadores?
La increíblemente alta frecuencia de médicos petulantes me tienta a pensar que esa petulancia sea algo inherente a esta profesión, y que yo no pueda escapar a ella. Me pongo a pensar, a intentar encontrarle sentido... Pienso que pasar cuatro años (de los seis de la carrera) estudiando enfermedades y más enfermedades, juntas y a lo bruto; pasar cuatro años estructurando y esquematizando síntomas y signos para ubicarlos en su respectivo proceso patológico y así poder tenerlos bien a mano para la futura práctica, te forma, quieras o no, una visión fría ante tales acontecimientos morbosos. Y aunque no es lo mismo leerlos que vivirlos (como espectador me refiero; como paciente es otra historia), sí debes de mantener esa frialdad en la cabeza para actuar adecuadamente. La pregunta es, ¿de verdad esa necesaria frialdad diagnóstica sacrifica siempre y de forma irremediable la empatía para con el paciente? Los manuales dicen que no, pero yo no lo tengo tan claro, y a las pruebas me remito.
Ése es uno de los muchos factores a estudiar en relación a la estupidez médica, que con tanta obsesión quiero evitar. Hay otro mucho más importante y vergonzante, pienso, y es el elitismo tradicional que apesta en todo lo que es médico o huela a medicina. A este elitismo es muy fácil encontrarle la causa (etiología) pero muy difícil la cura o, incluso, la manera de prevenirlo (profilaxis), que es lo que más me preocupa. Las causas son, simple y llanamente, la dificultad de la carrera y la responsabilidad social. La carrera es de las más difíciles, luego acabarla reporta uno de los mayores méritos universitarios que hay; además, el médico es el que mayor responsabilidad tiene en la sanidad colectiva, es decir, en la salud de la gente. Eso, no se equivoquen, lo sabe hasta el último estudiante. (Voy a matizar una cosa, la carrera de medicina no es difícil respecto a la complejidad de conceptos, como sí lo es la carrera de física, filosofía o las ingenierías; la dificultad de la medicina radica en el enciclopédico número de datos que tienes que manejar, es decir, en memorizar y nada más). A esto hay que añadir que la carrera te exige forzosamente seis años (seis años) de dedicación plena, sino casi, en los cuales vives junto a la competitividad de tus compañeros, la altivez de tus profesores, y la completa displicencia de tus médicos de prácticas. Verdad es que hay muchas excepciones, pero la regla, la visión global de un estudiante de medicina, es esa. De ahí mi miedo a estar convirtiéndome en un arrogante asqueroso sin nisiquiera darme cuenta...
Si me apuran añadiré un factor más, y es que dentro de la que yo llamo la medicina hereditaria, hay un gran porcentaje de ésta que en realidad no lo es. En otras palabras, lo que muchas veces hereda el estudiante de medicina hijo de médicos no es la pasión por la medicina, sino facilidad intelectual y una educación demasiado consentida, con lo cual será lo bastante listo e idiota como para hacer medicina sin otro aliciente que a instancias de sus padres (tanto directas como indirectas). De esta manera tendremos a un bonito médico sin vocación, carne de burn-out, al cual sólo le quedará revolcarse en el fango de la superioridad social para tener un poco de felicidad en su vida.
Afortunadamente, ese no es mi caso.
He aquí mi problemática. Yo decidí dedicar mi vida a la medicina con un objetivo principal: ayudar a la gente, serle útil, porque con su gratitud yo sería el hombre más feliz del mundo. Si con las flores, el prestigio, la superioridad moral e intelectual, y todos esos daños colaterales, yo acabo convirtiéndome en un pedante-petulante-arrogante insoportable de los cojones y mis pacientes y la gente con la que trabajo acaba odiándome, habré tirado mi vida a la basura.
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sábado, enero 28, 2012
lunes, octubre 24, 2011
Hay determinismo absoluto
Hay determinismo absoluto en las condiciones de existencia de los fenómenos naturales, tanto en los cuerpos vivos como en los cuerpos inertes.
Hay que admitir como un axioma experimental que en los seres vivientes lo mismo que en los cuerpos inertes, las condiciones de existencia de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta. Lo que quiere decir, en otros términos, que una vez conocida y cumplida la condición de un fenómeno, el fenómeno debe reproducirse siempre y necesariamente, a voluntad del experimentador. La negación de esta proposición sería nada menos que la negación de la ciencia misma. En efecto, como la ciencia no es más que lo determinado y lo determinable, se debe forzosamente admitir como axioma que en condiciones idénticas todo fenómeno es idéntico, y que tan pronto como las condiciones no son ya las mismas, el fenómeno cesa de ser idéntico. Este principio es absoluto, tanto en los fenómenos de los cuerpos inertes como en los de los seres vivientes, y la influencia de la vida [con la "influencia de la vida" se refiere al concepto que tenían los vitalistas de "lo vivo" en contraposición con "lo inerte", según la cual los seres vivos tenían una fuerza vital inherente y misteriosa que no se regía por las leyes físico-químicas por las cuales se regían los cuerpos inertes], sea cualquiera la idea que de ella nos formemos, nada podría cambiar en esto. Tal como lo hemos dicho, lo que se llama fuerza vital es una causa primera análoga a todas las otras, en el sentido de que ella nos es perfectamente desconocida. Poco importa que se admita o no que esta fuerza difiera esencialmente de las que presiden a las manifestaciones de los fenómenos de los cuerpos inertes; es necesario de cualquier manera que haya determinismo en los fenómenos vitales que ella rige; porque sin ello sería una fuerza ciega y sin ley, lo que es imposible. De aquí resulta que los fenómenos de la vida sólo tienen sus leyes especiales porque hay un determinismo riguroso en las diversas circunstancias que constituyen sus condiciones de existencia o que provocan sus manifestaciones; lo que es la misma cosa. Ahora bien, como ya lo hemos repetido a menudo, sólo con ayuda de la experimentación podemos llegar, en los fenómenos de los cuerpos vivos como en los de los cuerpos inertes, al conocimiento de las condiciones que reglan estos fenómenos y que nos permiten en consecuencia dominarlos.
Todo lo que precede podrá parecer elemental a los hombres que cultivan las ciencias físico-químicas. Pero entre los naturalistas y sobre todo entre los médicos, se encuentran hombres que, en nombre de lo que llaman el vitalismo, emiten sobre el tema que nos ocupa las ideas más erróneas. Piensan que el estudio de los fenómenos de la materia viva, no podría tener ninguna relación con el estudio de los fenómenos de la materia inerte. Consideran la vida como una influencia misteriosa y sobrenatural que obra arbitrariamente emancipándose de todo determinismo, y tachan de materialistas a todos los que se esfuerzan por reducir los fenómenos vitales a condiciones orgánicas y físico-químicas determinadas. Son éstas ideas falsas, que no es fácil extirpar una vez que han tomado posesión de un espíritu; únicamente los progresos de la ciencia las harán desaparecer. Pero las ideas vitalistas, tomadas en el sentido que acabamos de indicar, no son otra cosa más que una especie de superstición médica, una creencia en lo sobrenatural. Ahora bien, en medicina la creencia en las causas ocultas, que se le llame vitalismo o de otro modo, favorece la ignorancia y crea una especie de charlatanismo involuntario, es decir, la creencia en una ciencia infusa e indeterminable. El sentimiento del determinismo absoluto de los fenómenos de la vida lleva, por el contrario, a la ciencia real, y nos da una modestia que resulta de la conciencia de nuestros escasos conocimientos y de las dificultades de la ciencia. A su vez, este sentimiento es el que nos incita a trabajar para instruirnos, y en definitiva, es a él solamente que la ciencia debe todos sus progresos.
Claude Bernard, Introducción al estudio de la medicina experimental (1865)
Fue en el siglo XIX cuando comenzó la medicina experimental, la medicina como ciencia, la verdadera medicina. A partir de ahí, de Claude Bernard y otros valientes médicos que dieron ese importante paso en contra de la tradición tan arraigada que han arrastrado siempre, que si Hipócrates, que si Galeno; a partir de ahí fue cuando se produjo el grandísimo avance, el borrón y cuenta nueva que pasó de oscuros y nada claros procedimientos a cristalinas relaciones causales obtenidas del método científico, pasadas por su filtro, demostradas. Y con este instrumento, en menos de dos siglos hemos pasado de ese oscurantismo empírico a lo que tenemos ahora.
Pero he querido redactar las palabras exactas de Claude Bernard para que lo sientan de primera mano, y para que vean que le debemos mucho a la ciencia, ya no sólo en medicina, sino en todos los ámbitos de nuestra vida. No viviríamos igual si no fuera por ella. Se ha demostrado como el mejor método para obtener conocimiento, y en la historia y sus textos está (este libro que cito, por ejemplo) para quien quiera verlo por sí mismo. No sean analfabetos y acepten cualquier tontería (por ejemplo) sin hacer crítica sobre ella, como si no lleváramos siglos y siglos de historia a cuestas, como si en nuestra inmensa ignorancia, creyeramos nuestro tropezar con la piedra la primera vez, y no la enésima que resulta en realidad.
A veces pienso que luchamos en la vida sólo para que nuestros errores puedan cometerlos las generaciones futuras más comodamente.
Hay que admitir como un axioma experimental que en los seres vivientes lo mismo que en los cuerpos inertes, las condiciones de existencia de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta. Lo que quiere decir, en otros términos, que una vez conocida y cumplida la condición de un fenómeno, el fenómeno debe reproducirse siempre y necesariamente, a voluntad del experimentador. La negación de esta proposición sería nada menos que la negación de la ciencia misma. En efecto, como la ciencia no es más que lo determinado y lo determinable, se debe forzosamente admitir como axioma que en condiciones idénticas todo fenómeno es idéntico, y que tan pronto como las condiciones no son ya las mismas, el fenómeno cesa de ser idéntico. Este principio es absoluto, tanto en los fenómenos de los cuerpos inertes como en los de los seres vivientes, y la influencia de la vida [con la "influencia de la vida" se refiere al concepto que tenían los vitalistas de "lo vivo" en contraposición con "lo inerte", según la cual los seres vivos tenían una fuerza vital inherente y misteriosa que no se regía por las leyes físico-químicas por las cuales se regían los cuerpos inertes], sea cualquiera la idea que de ella nos formemos, nada podría cambiar en esto. Tal como lo hemos dicho, lo que se llama fuerza vital es una causa primera análoga a todas las otras, en el sentido de que ella nos es perfectamente desconocida. Poco importa que se admita o no que esta fuerza difiera esencialmente de las que presiden a las manifestaciones de los fenómenos de los cuerpos inertes; es necesario de cualquier manera que haya determinismo en los fenómenos vitales que ella rige; porque sin ello sería una fuerza ciega y sin ley, lo que es imposible. De aquí resulta que los fenómenos de la vida sólo tienen sus leyes especiales porque hay un determinismo riguroso en las diversas circunstancias que constituyen sus condiciones de existencia o que provocan sus manifestaciones; lo que es la misma cosa. Ahora bien, como ya lo hemos repetido a menudo, sólo con ayuda de la experimentación podemos llegar, en los fenómenos de los cuerpos vivos como en los de los cuerpos inertes, al conocimiento de las condiciones que reglan estos fenómenos y que nos permiten en consecuencia dominarlos.
Todo lo que precede podrá parecer elemental a los hombres que cultivan las ciencias físico-químicas. Pero entre los naturalistas y sobre todo entre los médicos, se encuentran hombres que, en nombre de lo que llaman el vitalismo, emiten sobre el tema que nos ocupa las ideas más erróneas. Piensan que el estudio de los fenómenos de la materia viva, no podría tener ninguna relación con el estudio de los fenómenos de la materia inerte. Consideran la vida como una influencia misteriosa y sobrenatural que obra arbitrariamente emancipándose de todo determinismo, y tachan de materialistas a todos los que se esfuerzan por reducir los fenómenos vitales a condiciones orgánicas y físico-químicas determinadas. Son éstas ideas falsas, que no es fácil extirpar una vez que han tomado posesión de un espíritu; únicamente los progresos de la ciencia las harán desaparecer. Pero las ideas vitalistas, tomadas en el sentido que acabamos de indicar, no son otra cosa más que una especie de superstición médica, una creencia en lo sobrenatural. Ahora bien, en medicina la creencia en las causas ocultas, que se le llame vitalismo o de otro modo, favorece la ignorancia y crea una especie de charlatanismo involuntario, es decir, la creencia en una ciencia infusa e indeterminable. El sentimiento del determinismo absoluto de los fenómenos de la vida lleva, por el contrario, a la ciencia real, y nos da una modestia que resulta de la conciencia de nuestros escasos conocimientos y de las dificultades de la ciencia. A su vez, este sentimiento es el que nos incita a trabajar para instruirnos, y en definitiva, es a él solamente que la ciencia debe todos sus progresos.
Claude Bernard, Introducción al estudio de la medicina experimental (1865)
Fue en el siglo XIX cuando comenzó la medicina experimental, la medicina como ciencia, la verdadera medicina. A partir de ahí, de Claude Bernard y otros valientes médicos que dieron ese importante paso en contra de la tradición tan arraigada que han arrastrado siempre, que si Hipócrates, que si Galeno; a partir de ahí fue cuando se produjo el grandísimo avance, el borrón y cuenta nueva que pasó de oscuros y nada claros procedimientos a cristalinas relaciones causales obtenidas del método científico, pasadas por su filtro, demostradas. Y con este instrumento, en menos de dos siglos hemos pasado de ese oscurantismo empírico a lo que tenemos ahora.
Pero he querido redactar las palabras exactas de Claude Bernard para que lo sientan de primera mano, y para que vean que le debemos mucho a la ciencia, ya no sólo en medicina, sino en todos los ámbitos de nuestra vida. No viviríamos igual si no fuera por ella. Se ha demostrado como el mejor método para obtener conocimiento, y en la historia y sus textos está (este libro que cito, por ejemplo) para quien quiera verlo por sí mismo. No sean analfabetos y acepten cualquier tontería (por ejemplo) sin hacer crítica sobre ella, como si no lleváramos siglos y siglos de historia a cuestas, como si en nuestra inmensa ignorancia, creyeramos nuestro tropezar con la piedra la primera vez, y no la enésima que resulta en realidad.
A veces pienso que luchamos en la vida sólo para que nuestros errores puedan cometerlos las generaciones futuras más comodamente.
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