A veces la vida te da treguas, como el artículo de hoy de Pérez-Reverte (que, todo sea dicho, no es muy dado a dar treguas). Y es que las mejores historias son reales, o quiza su genialidad resida en eso, en que son reales. El caso es que sí existen las locuras y sí pueden acabar como en las películas, la diferencia está en que para hacerlas en la vida real se necesitan huevos, y hay gente que los tiene.
Aquí les dejo con el artículo, para que se relajen y disfruten, y para que confíen y den otra oportunidad a este género humano que a veces (sólo a veces) se hace querer.
Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.
Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural, que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce a Paco. A él también le pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poco tripón. Chico de buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta, muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.
Mientras Otti vuelve de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y apellido -supongamos que este es Kaukonen-. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a un amigo -doy fe de que era su especialidad-, compra un billete de avión -sólo tiene para pagar el viaje de ida- y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto, cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. "Hola, buenas. Ai am Paco. Otti is dere?". Cuando va por el decinosexto Kaukonen y a punto de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.
Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta hyvinkaa, se baja con su guitarra en el 34 de la calle sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde. Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama: "¡Paco!...". "¿Qué haces aquí?" Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: "he venido a casarme contigo". Con dos cojones.
Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en esas aparece allí, con su guitarra y quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda la noche dale que te pego, despierta y gritando: "Oh-yes, oh-yes, oh-yes" mientras él, sudando la gota gorda, decía: "que sí, mujer. Te oigo, te oigo." Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se lo come a besos y lametones. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y mesimarga, además de la media de vodka que quedaba en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias -Paco tocando la guitarra por los restaurantes de allí-, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios. Kristina y Alexis, con pinta de vikingos.
Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero huvo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.
domingo, febrero 01, 2009
martes, diciembre 23, 2008
La vida como escalera mecánica
Aquel día me pasó que no tenía ganas de vivir. Ya ves, antojos de niño mimado. Con las vueltas que le di no entiendo cómo no me quedé flotando patéticamente en la bañera de aguas rojas y con las muñecas abiertas -teatrillo que pretendía montar-. Pero me faltó valor, ya sabes, por eso de que no me había suicidado antes. Y no creas que vivía mal, que era un marqués: sacaba notazas sin estudiar casi, no me faltaba compañía en las noches de fin de semana, tanto de uno como de otro sexo; mi mamá y mi papá me adoraban y tenía un perro que se llamaba Boby (como en las películas). Además tenía todo lo que quería con un solo “mamá cómprame”. Aun así mi cerebro barajaba ideas macabras y sádicas al libre albedrío de la imaginación media del adolescente medio, sin cortarse un pelo. Aquel día simplemente me dio más fuerte de lo normal. Para maquillar la historia lo llamaremos brote psicótico. Ahí estaba yo, ojos funestos y mueca tristona, resuelto a poner fin a mi desidia particular.
Tiene gracia que fuera una hostia la que me hiciera regresar de mi mundo fantástico mortecino –o quizá no tenga tanta gracia-. El caso es que uno de mis enemigos acérrimos de patio de recreo se había levantado con mal pie, y mientras yo me comía el que iba a ser mi último bocata de tortilla con mayonesa se acercó a mí y empezó a sacudirme. Y de repente ¡zas!, sentía mis pies y mis brazos, y todo mi cuerpo. Era genial. Cuando terminó de desahogarse el angelico me levanté del suelo, libre de los pensamientos que antes me asolaban. Era consciente de mí mismo y de todo lo que me rodeaba: del calor del sol, del azul del cielo, de lo áspero de las baldosas del patio, de la sangre de mi labio superior… Me di cuenta con esa paliza de que me podían pegar sin ninguna razón, y que eso dolía un huevo. Las peleas de la tele no duelen. Las peleas de verdad duelen, pero el dolor se evapora.
Creó que desperté de la irreal vida que llevaba, una vida fácil, segura, aguada y sin sabor. Mi vida había perdido su salsa y ya vivirla o no vivirla era cuestión de tener los párpados arriba o abajo. La vida como escalera mecánica. Y es que la ausencia de esfuerzo era precisamente lo que la volvía insípida. Cuando consigues algo es el esfuerzo que realizas lo que le da valor a ese algo. Es el que hace que el cheque tenga fondos.
Ahora siempre evito las escaleras mecánicas.
Tiene gracia que fuera una hostia la que me hiciera regresar de mi mundo fantástico mortecino –o quizá no tenga tanta gracia-. El caso es que uno de mis enemigos acérrimos de patio de recreo se había levantado con mal pie, y mientras yo me comía el que iba a ser mi último bocata de tortilla con mayonesa se acercó a mí y empezó a sacudirme. Y de repente ¡zas!, sentía mis pies y mis brazos, y todo mi cuerpo. Era genial. Cuando terminó de desahogarse el angelico me levanté del suelo, libre de los pensamientos que antes me asolaban. Era consciente de mí mismo y de todo lo que me rodeaba: del calor del sol, del azul del cielo, de lo áspero de las baldosas del patio, de la sangre de mi labio superior… Me di cuenta con esa paliza de que me podían pegar sin ninguna razón, y que eso dolía un huevo. Las peleas de la tele no duelen. Las peleas de verdad duelen, pero el dolor se evapora.
Creó que desperté de la irreal vida que llevaba, una vida fácil, segura, aguada y sin sabor. Mi vida había perdido su salsa y ya vivirla o no vivirla era cuestión de tener los párpados arriba o abajo. La vida como escalera mecánica. Y es que la ausencia de esfuerzo era precisamente lo que la volvía insípida. Cuando consigues algo es el esfuerzo que realizas lo que le da valor a ese algo. Es el que hace que el cheque tenga fondos.
Ahora siempre evito las escaleras mecánicas.
jueves, diciembre 18, 2008
Esta Tierra es Mía
domingo, diciembre 14, 2008
martes, diciembre 09, 2008
Cosas serias
Hoy quería hablarte de cosas serias, y es que no hay cosas serias de las que hablar. Piensa, ¿qué has hecho hoy? Lo mismo, quizá, que ayer, o si hoy es martes, que el martes pasado. ¿Y de qué has hablado? Me lo imagino, de nada en especial, de la rutina. ¿Bromas, sarcasmos tal vez? Te entiendo, yo también lo hago para romper el hielo, o para reír simplemente. Pero, cuando vuelves a casa, cuando estás en tu cama a oscuras mirando al techo, dime, ¿en qué piensas?
Parece que, alrededor, el día a día me arrastra. Una rutina que me arranca mis ansias de vivir. Y no hablo del aburrimiento. Hablo de lo superfluo, de lo inútil. De lo facilón y lo estúpidamente gracioso. Hablo de la impotencia de saberme estéril ante cualquier atisbo de honor. Hablo de la muerte del respeto y la dictadura de lo imbécil. De esa moda de arrancarme el corazón para hacerme inmune a los ataques de los demás. Hablo de la ausencia de héroes, y del postizo significado que tiene hoy la palabra amigo. De toda esta mierda, de la que únicamente la maldita rutina tiene la culpa.
Hablo de un mundo donde la amabilidad, la solidaridad y la sinceridad suenan a mariconada y son por ello objeto de mofa, y donde lo único que cuenta si no quieres ser una ridícula marioneta inocente es mirar por ti y por nadie más. Ser espabilado, tener idea.
En esta puta sociedad ya no cabe la seriedad, todo es cómodamente irrelevante. Incluso puede que haya algún gilipollas que se tome esto a broma.
Parece que, alrededor, el día a día me arrastra. Una rutina que me arranca mis ansias de vivir. Y no hablo del aburrimiento. Hablo de lo superfluo, de lo inútil. De lo facilón y lo estúpidamente gracioso. Hablo de la impotencia de saberme estéril ante cualquier atisbo de honor. Hablo de la muerte del respeto y la dictadura de lo imbécil. De esa moda de arrancarme el corazón para hacerme inmune a los ataques de los demás. Hablo de la ausencia de héroes, y del postizo significado que tiene hoy la palabra amigo. De toda esta mierda, de la que únicamente la maldita rutina tiene la culpa.
Hablo de un mundo donde la amabilidad, la solidaridad y la sinceridad suenan a mariconada y son por ello objeto de mofa, y donde lo único que cuenta si no quieres ser una ridícula marioneta inocente es mirar por ti y por nadie más. Ser espabilado, tener idea.
En esta puta sociedad ya no cabe la seriedad, todo es cómodamente irrelevante. Incluso puede que haya algún gilipollas que se tome esto a broma.
miércoles, diciembre 03, 2008
La maldición del genio, la genialidad de lo maldito
Unos dedos de mujer llenos de nicotina se disponen a teclear sin rubor fantasmas y demonios. Pero temen, temen. La angustia que momentos antes le estrangulaba el corazón ahora se resuelve en vómitos de lucidez sobre la sombra que todos llevamos a cuestas. Una sombra que en ella se dibuja nítida en cada movimiento de su maltrecho e increíblemente bello cuerpo. Los mechones le caen sobre la cara; los ojos, se afirman a cada palabra que va apareciendo en la pantalla. Aún se distinguen surcos negros que descienden sobre la mejilla hasta el final del mentón, hasta el precipicio. La habitación esta cerrada al mundo, porque insoportable se ha vuelto el que ya lleva a cuestas, y ni si quiera la luz, sino sólo la pálida del monitor, es necesaria. Escribe, brota y brota el genio, es el alivio de liberar el demonio. Mas no es eterno, ni siquiera momentáneo, ese alivio se va y queda el frío vacío. Ella lo sabe, y lo siente, y lo necesita.
Quizá algún día se pueda recomponer y sea libre de nuevo, y vuelva la sonrisa y la confianza, y pueda reconocer a las personas que por uno u otro motivo todavía la amamos. O quizá no.
Con todo serán esas palabras malditas las que sobrevivirán a ella y al cabo de siglos serán ellas las que sigan recordándola.
Quizá algún día se pueda recomponer y sea libre de nuevo, y vuelva la sonrisa y la confianza, y pueda reconocer a las personas que por uno u otro motivo todavía la amamos. O quizá no.
Con todo serán esas palabras malditas las que sobrevivirán a ella y al cabo de siglos serán ellas las que sigan recordándola.
domingo, noviembre 30, 2008
lunes, noviembre 03, 2008
Trenes

Train set and match spied under the blind
Shiny and contoured the railway winds
And I've heard the sound from my cousin's bed. The hiss of the train at the railway head
Always the summers are slipping away
A 60 ton angel falls to the earth
A pile of old metal, a radiant blur
Scars in the country, the summer and her
Always the summers are slipping away. Find me a way for making it stay
When I hear the engine pass I'm kissing you wide. The hissing subsides I'm in luck
When the evening reaches here You're tying me up. I'm dying of love It's OK
------------------------------------------------------------------------------------
Sé que si enfatizo demasiado mi amor por esta canción la van a aborrecer antes de haberla escuchado, así que simplemente pondré su nombre y el grupo:
Trains - Porcupine Tree
domingo, noviembre 02, 2008
La verdaderas personas que merecen la pena
Mi maestro: los tipos de la tele, mi trabajo: ganar dinero, mi pasatiempo: comprar cosas
Mi maestro: el egoísmo, mi trabajo: el egoísmo, mi pasatiempo: el egoísmo.
Rastrero sentimiento brotado de las entrañas del ser humano. Unánime amo de nuestras vidas, sin el cual seríamos perros en el fango. Ambición y selección natural: somos demasiados y hay que luchar por lo Nuestro. Mío, tuyo, suyo. La meta es ser rico, la meta es ser poderoso, la meta es ser el mejor.
¡pudríos todos! ¿y qué me queda a mí que detesto el egoísmo?¿y qué le queda a mi alma que de ver la misma mentira mil veces repetida ya casi la ve verdad? ¿Donde están mis sueños, donde la cordialidad, donde la amabilidad, donde el maravilloso desprendimiendo de uno mismo para con la persona querida?
------------------------------------------------------------------------------------
Gracias a aquellos que hacen que me equivoque. Gracias a aquellos que me devuelven la vida al devolverme la esperanza.
¿bondad? sí, bondad, en medio de todo, palpitando en corazones modestos, sin publicidad, sin tronos. Las verdaderas personas que merecen la pena.
Wish you Where Here.
Gracias.
Mi maestro: el egoísmo, mi trabajo: el egoísmo, mi pasatiempo: el egoísmo.
Rastrero sentimiento brotado de las entrañas del ser humano. Unánime amo de nuestras vidas, sin el cual seríamos perros en el fango. Ambición y selección natural: somos demasiados y hay que luchar por lo Nuestro. Mío, tuyo, suyo. La meta es ser rico, la meta es ser poderoso, la meta es ser el mejor.
¡pudríos todos! ¿y qué me queda a mí que detesto el egoísmo?¿y qué le queda a mi alma que de ver la misma mentira mil veces repetida ya casi la ve verdad? ¿Donde están mis sueños, donde la cordialidad, donde la amabilidad, donde el maravilloso desprendimiendo de uno mismo para con la persona querida?
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Gracias a aquellos que hacen que me equivoque. Gracias a aquellos que me devuelven la vida al devolverme la esperanza.
¿bondad? sí, bondad, en medio de todo, palpitando en corazones modestos, sin publicidad, sin tronos. Las verdaderas personas que merecen la pena.
Wish you Where Here.
Gracias.
domingo, octubre 19, 2008
Mecánica y Termología
Leyendo el "Con ánimo de ofender" de Pérez-Reverte, me he topado con un artículo bastante curioso que viene a resaltar el mismo problema que, con sudor y esfuerdo, mi amigo el pintor de sueños ha sufrido y plasmado genialmente en su serie de posts "Ingenio, ingenioso, ingenuo...". Y como siempre es mejor citar al maestro de uno que intentar en vano no plagiarle, aquí les adjunto el artículo en cuestión. Se titula "Mecánica y Termología":
Entra al bar de Lola, se acoda a mi lado en la barra y pide una caña. Mecánica y Termología, dice al segundo sorbo, con espuma en la nariz. Me ha quedado para septiembre, maldita sea. Y sin embargo -añade-, hoy acabo de encontrarme algo en el libro de texto que me ha puesto esta sonrisa en la cara, y aún me dura. Un libro de Física. Problema: "Los soldados españoles llamaban pacos a los moros porque el sonido de sus fusiles recordaba dicha palabra. ¿A qué se debía esto?". Respuesta: "El soldado español (blanco del disparo) oía primero un sonido fuerte y seco (¡pa!), que era la onda de Match, y después un ¡coo! más bajo y prolongado ocasionado por la onda expansiva del disparo. Su propio fusil les sonaba de un modo distinto, porque todo tirador se halla fuera de la región en que se propaga la onda de Match y no oye más que el estampido del disparo, ya que dicha onda se propaga paralelamente a sí misma, alejándose de la trayectoria de la bala, y, por tanto, del tirador."
Lola se acoda al otro lado del mostrador, interesada. ¿Y adónde lleva todo eso, chaval?, pregunta. Lleva, dice mi amgo, a que es reconfortante encontrar que haya gente capaz de poner un ejemplo así en un libro de Física. De decirte, ojo, tío, que estamos hablando de cosas que se vinculan no a un laboratorio, sino a la vida. Cosas razonadas durante siglos por gente que se sentaba a mirar, a extraer conclusiones de su entorno, en vez de congelar ese entorno en una probeta. También tiene que ver con que ahora la Educación es cada vez más específica y se nos orienta a ser técnicos en una sola materia. Se nos enseña la manera más barata y eficaz de apretar tuercas, sin preocuparnos si esa tuerca pertenecerá a una lavadora o a un misil tierra-aire; y por supuesto, a nadie le importa quien inventó la puta tuerca. El sistema, o sea, esos imbéciles que nos imponen los planes de estudios, hace que pasemos cuatrimestre en cuatrimestre sobre asignaturas de muchos créditos, que nos convertirán en científicos especializados, pero sin darnos una perspectiva de lo que es el mundo de ahí fuera...¿Me siguen?
-O sea -apunta Lola-, que te enseñan a follar pero no a enamorarte.
Le pido a Lola que no se meta, o que no se meta tanto. Sin embargo, a mi amigo le debe de haber gustado el ejemplo, porque le dedica a la dueña del bar una sonrisa ancha, reconocida. O igual lo que de verdad le gusta es Lola, con sus treinta muy largos o sus cuarenta muy cortos y su escote moreno, y sus ojos un poquito cansados a estas horas de la vida. Algo así, confirma. No nos enseñan a pensar. Ni siquiera nos dejan tiempo, ni verano, ni invierno, ni resquicios para mirar más allá de los textos, no para reflexionar sobre lo que aprendemos. ¿A quien le immporta que un moro se llame Paco?... Cuando entras en la facultad caes en la trampa: un remolino que te arrastra hasta que acabas la carrera hecho un robot, si es que antes no lo mandas todo a tomar por saco o te pegas un tiro.
-Qué mal rollo, ¿no? -tercia Lola.
Malísimo, confirma mi amigo. Y sólo si tienes voluntad y cojones, si arrancas ratos perdidos, si te preocupas de lo que te rodea, y lees, y viajas si puedes, y miras, acabarás sabiendo algo de lo que es el mundo. Pero esa es un opción personal que no está al alcance de todos; se lleva mucho del poco tiempo que te dejan, y a veces se paga caro. Por eso no todos están dispuestos a intentarlo. Y te encuentras con gente estupenda quedándose en la cuneta, sin haber leído nunca un libro de historia o una novela o un ensayo que nos digan de dónde venimos y hacia dónde vamos. Que nos recuerden, con los ejemplos terribles que el hombre ha fabricado durante siglos, lo peligroso que es el progreso en manos de almas vacías de humanidad, de malvados y de irresponsables. Y al final seremos científicos especializados sin valores ni memoria, brillantes, vanidosos, avaros e incultos. Y clonaremos vacas y personas y hasta nuestra propia alma, que no valdrá una mierda.
-¿Saben quén es Ian Malcom?
Le decimos que no, que no tenemos ni idea. Un cantante inglés, aventura Lola. Y mi amigo sonríe con juvenil suficiencia, y nos cuenta que Ian Malcom es un personaje de "Parque Jurásico", y que allí dice: "Ustedes sólo se preocuparon de si podían hacerlo, no de si debían"... Por eso es raro y gratificante, añade, encontrarse de pronto un ejemplo perdido en un libro de Física, como el del soldado y el Paco, tomado de una guerra de la que nadie se acuerda. Algo que se refiere a la conjunción de la historia y la ciencia, y que nos confirma que los teoremas, las leyes, las derivadas parciales y las integrales, forman parte de la vida real. Y que sin esas referencias, los seres humanos sólo serían ecuaciones y tuercas sin alma.
-Ese chaval se come demasiado el tarro -dice Lola cuando mi amigo termina su cerveza y se larga-. No creo que te dé para un artículo... Pero reconozco que lo del soldado y el moro tiene su puntito.
Entra al bar de Lola, se acoda a mi lado en la barra y pide una caña. Mecánica y Termología, dice al segundo sorbo, con espuma en la nariz. Me ha quedado para septiembre, maldita sea. Y sin embargo -añade-, hoy acabo de encontrarme algo en el libro de texto que me ha puesto esta sonrisa en la cara, y aún me dura. Un libro de Física. Problema: "Los soldados españoles llamaban pacos a los moros porque el sonido de sus fusiles recordaba dicha palabra. ¿A qué se debía esto?". Respuesta: "El soldado español (blanco del disparo) oía primero un sonido fuerte y seco (¡pa!), que era la onda de Match, y después un ¡coo! más bajo y prolongado ocasionado por la onda expansiva del disparo. Su propio fusil les sonaba de un modo distinto, porque todo tirador se halla fuera de la región en que se propaga la onda de Match y no oye más que el estampido del disparo, ya que dicha onda se propaga paralelamente a sí misma, alejándose de la trayectoria de la bala, y, por tanto, del tirador."
Lola se acoda al otro lado del mostrador, interesada. ¿Y adónde lleva todo eso, chaval?, pregunta. Lleva, dice mi amgo, a que es reconfortante encontrar que haya gente capaz de poner un ejemplo así en un libro de Física. De decirte, ojo, tío, que estamos hablando de cosas que se vinculan no a un laboratorio, sino a la vida. Cosas razonadas durante siglos por gente que se sentaba a mirar, a extraer conclusiones de su entorno, en vez de congelar ese entorno en una probeta. También tiene que ver con que ahora la Educación es cada vez más específica y se nos orienta a ser técnicos en una sola materia. Se nos enseña la manera más barata y eficaz de apretar tuercas, sin preocuparnos si esa tuerca pertenecerá a una lavadora o a un misil tierra-aire; y por supuesto, a nadie le importa quien inventó la puta tuerca. El sistema, o sea, esos imbéciles que nos imponen los planes de estudios, hace que pasemos cuatrimestre en cuatrimestre sobre asignaturas de muchos créditos, que nos convertirán en científicos especializados, pero sin darnos una perspectiva de lo que es el mundo de ahí fuera...¿Me siguen?
-O sea -apunta Lola-, que te enseñan a follar pero no a enamorarte.
Le pido a Lola que no se meta, o que no se meta tanto. Sin embargo, a mi amigo le debe de haber gustado el ejemplo, porque le dedica a la dueña del bar una sonrisa ancha, reconocida. O igual lo que de verdad le gusta es Lola, con sus treinta muy largos o sus cuarenta muy cortos y su escote moreno, y sus ojos un poquito cansados a estas horas de la vida. Algo así, confirma. No nos enseñan a pensar. Ni siquiera nos dejan tiempo, ni verano, ni invierno, ni resquicios para mirar más allá de los textos, no para reflexionar sobre lo que aprendemos. ¿A quien le immporta que un moro se llame Paco?... Cuando entras en la facultad caes en la trampa: un remolino que te arrastra hasta que acabas la carrera hecho un robot, si es que antes no lo mandas todo a tomar por saco o te pegas un tiro.
-Qué mal rollo, ¿no? -tercia Lola.
Malísimo, confirma mi amigo. Y sólo si tienes voluntad y cojones, si arrancas ratos perdidos, si te preocupas de lo que te rodea, y lees, y viajas si puedes, y miras, acabarás sabiendo algo de lo que es el mundo. Pero esa es un opción personal que no está al alcance de todos; se lleva mucho del poco tiempo que te dejan, y a veces se paga caro. Por eso no todos están dispuestos a intentarlo. Y te encuentras con gente estupenda quedándose en la cuneta, sin haber leído nunca un libro de historia o una novela o un ensayo que nos digan de dónde venimos y hacia dónde vamos. Que nos recuerden, con los ejemplos terribles que el hombre ha fabricado durante siglos, lo peligroso que es el progreso en manos de almas vacías de humanidad, de malvados y de irresponsables. Y al final seremos científicos especializados sin valores ni memoria, brillantes, vanidosos, avaros e incultos. Y clonaremos vacas y personas y hasta nuestra propia alma, que no valdrá una mierda.
-¿Saben quén es Ian Malcom?
Le decimos que no, que no tenemos ni idea. Un cantante inglés, aventura Lola. Y mi amigo sonríe con juvenil suficiencia, y nos cuenta que Ian Malcom es un personaje de "Parque Jurásico", y que allí dice: "Ustedes sólo se preocuparon de si podían hacerlo, no de si debían"... Por eso es raro y gratificante, añade, encontrarse de pronto un ejemplo perdido en un libro de Física, como el del soldado y el Paco, tomado de una guerra de la que nadie se acuerda. Algo que se refiere a la conjunción de la historia y la ciencia, y que nos confirma que los teoremas, las leyes, las derivadas parciales y las integrales, forman parte de la vida real. Y que sin esas referencias, los seres humanos sólo serían ecuaciones y tuercas sin alma.
-Ese chaval se come demasiado el tarro -dice Lola cuando mi amigo termina su cerveza y se larga-. No creo que te dé para un artículo... Pero reconozco que lo del soldado y el moro tiene su puntito.
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Arturo Pérez-Reverte,
crítica,
literatura
sábado, septiembre 20, 2008
La flaqueza del bolchevique
lunes, septiembre 08, 2008
Fábula del capitalismo
Y hete aquí un hermoso cerdo con monóculo, sombrero de copa y muy finas maneras, sonriendo entre cortés y burlón a las demás ovejas. Aunque así y todo no lograba el marrano disimular su redondo morro lleno de mocos y el hediondo y porcino olor que desprendía, el cual junto a los tres litros de Armani rociados en su carne creaban una densa y repugnante fragancia que se apreciaba a unos dos metros.

Muy guapas y recién esquiladas, las ovejas se amontonaban en torno al cerdo, esperando ansiosas y excitadas a que comenzase el discurso, pues era bien sabido que cuando reunía a todas las ovejas era para ofrecer siempre productos novedosos, brillantes y de alta tecnología, indispensables para los tiempos que corren.
Hacía dos semanas que el evento se anunciaba en cincuenta de los setecientos canales que recogía el repetidor de la ciudad y que podían disfrutar las ovejitas. Así, el reclamo aparecía una media de seis o siete veces al día en el televisor de cada habitación de cada casa de cada barrio de la ciudad, con lo que cuando tuvo lugar la reunión todas estaban felizmente informadas.
Aquel multitudinario meeting ovino parecía de lo más invernal puesto que el blanco blanquísimo de su lana ocupaba toda la avenida, cual alfombra de nieve sobre follaje campestre.
Nuestro muy elegante cochino anunció las esperadas novedades tecnológicas con una pasión admirable, recalcando aquí y allá lo fáciles y cómodas que serían de ahora en adelante la vida de las ovejas. Cosas como el limador de pezuñas sensibles, el champú especial de rizos espesos que no apelmazaba o la nueva temporada otoño-invierno de moda con conjuntos para cada día de cada mes extasiaban a las ovejitas, que todo lo veían absolutamente imprescindible.
Como era de preveer los pobres corderos compraron y compraron sin dudar nunca de la buena fe de los cerdos, pues ¿no eran ellos los que mejoraban su vida? Y los cerdos fabricaban y fabricaban sin importarles lo más mínimo otra cosa que no fuera enriquecerse. Así, los corderos, por complicidad o estupidez, y los cerdos por absoluta avaricia mantenían ese sistema de relaciones.

Un día los recursos se agotaron y la Tierra no pudo soportar más contaminación. Los cerdos estaban demasiado cegados por el dinero para importarles otra cosa, los corderos estaban demasiado cegados por el consumo y el bienestar para importarles otra cosa. Todos estaban cegados por su propio egoísmo para siquiera ver que la Tierra moría.
Así, primero murieron los corderos y más tarde los cerdos. Pero lo más triste no es que murieran, lo penoso del asunto es que murieron sin recordar que todos y cada uno de ellos no eran animales sino personas. Personas que podían haberse preguntado, que podían haber sido críticos con sus actos y consecuentes con sus decisiones.
Pero prefirieron los unos ser corderitos estúpidos, ciegos, egoístas y comodones, y los otros ser cerdos estúpidos, ciegos, egoístas y comodones.

Muy guapas y recién esquiladas, las ovejas se amontonaban en torno al cerdo, esperando ansiosas y excitadas a que comenzase el discurso, pues era bien sabido que cuando reunía a todas las ovejas era para ofrecer siempre productos novedosos, brillantes y de alta tecnología, indispensables para los tiempos que corren.
Hacía dos semanas que el evento se anunciaba en cincuenta de los setecientos canales que recogía el repetidor de la ciudad y que podían disfrutar las ovejitas. Así, el reclamo aparecía una media de seis o siete veces al día en el televisor de cada habitación de cada casa de cada barrio de la ciudad, con lo que cuando tuvo lugar la reunión todas estaban felizmente informadas.
Aquel multitudinario meeting ovino parecía de lo más invernal puesto que el blanco blanquísimo de su lana ocupaba toda la avenida, cual alfombra de nieve sobre follaje campestre.
Nuestro muy elegante cochino anunció las esperadas novedades tecnológicas con una pasión admirable, recalcando aquí y allá lo fáciles y cómodas que serían de ahora en adelante la vida de las ovejas. Cosas como el limador de pezuñas sensibles, el champú especial de rizos espesos que no apelmazaba o la nueva temporada otoño-invierno de moda con conjuntos para cada día de cada mes extasiaban a las ovejitas, que todo lo veían absolutamente imprescindible.
Como era de preveer los pobres corderos compraron y compraron sin dudar nunca de la buena fe de los cerdos, pues ¿no eran ellos los que mejoraban su vida? Y los cerdos fabricaban y fabricaban sin importarles lo más mínimo otra cosa que no fuera enriquecerse. Así, los corderos, por complicidad o estupidez, y los cerdos por absoluta avaricia mantenían ese sistema de relaciones.

Un día los recursos se agotaron y la Tierra no pudo soportar más contaminación. Los cerdos estaban demasiado cegados por el dinero para importarles otra cosa, los corderos estaban demasiado cegados por el consumo y el bienestar para importarles otra cosa. Todos estaban cegados por su propio egoísmo para siquiera ver que la Tierra moría.
Así, primero murieron los corderos y más tarde los cerdos. Pero lo más triste no es que murieran, lo penoso del asunto es que murieron sin recordar que todos y cada uno de ellos no eran animales sino personas. Personas que podían haberse preguntado, que podían haber sido críticos con sus actos y consecuentes con sus decisiones.
Pero prefirieron los unos ser corderitos estúpidos, ciegos, egoístas y comodones, y los otros ser cerdos estúpidos, ciegos, egoístas y comodones.
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