Cuando todo terminaba, cuando todo acababa para volver a empezar de nuevo yo. Cuando desembocaba el río y yo me sentía ya huérfano de la cárcel y perdido frente al futuro. Cuando el determinismo del mundo me señalaba como su obra acabada y presta a engrosar filas, una vieja mariposa se cruzó en mi camino...
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La mariposa traía los colores, traía la belleza de la tierra mojada, traía las letras arrancadas del pecho, traía las lágrimas de alegría que brotan de empalmes de besos.
La mariposa traía los trozos de mí mismo que fui abandonando por el camino. Y cuando los tomé, todos tenían el reflejo de sus alas tatuado.
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Ahora la cabeza me da vueltas, y una y otra y otra vez me pregunto si podría llegar a ser pecado sentir tanta felicidad junta. Porque estoy enamorado de una mariposa que batió las alas a miles de kilómetros y ha conseguido poner mi alma patas arriba.
viernes, febrero 12, 2016
domingo, febrero 07, 2016
sábado, enero 03, 2015
Echar de menos un rincón extraño
Te echo de menos, blog. Hola.
Las otras putas que se ofrecen engañosamente a cuidarme las ideas acaban despidiendo siempre un tufillo a frivolidad que dejan al descubierto el vacío de sus cariños, lo impostado de sus caricias. El rápido olvido como rápido sea el descenso del cursor. Bah.
Tú disimulas mejor. A mí me reservas siempre la página entera. Guardas mis palabras. Las atesoras en este rincón extraño. Sé que no depende de ti, que sé que me quieres, sino de Blogger, nuestro amado y odiado proxeneta, que follaríamos y escupiríamos a partes iguales por habernos presentado y habernos esclavizado: tú de él, yo de ti.
Pero hablaba de que te añoraba. Sí. Porque algunas veces se me vuelven a dilatar las entretelas, y no hay quien escuche como tú.
Algún día te volveré a tratar como te mereces. Te lo juro. Déjame un tiempo que recabe ideas, que acabe la universidad. Entonces me volverás a tener.
Las otras putas que se ofrecen engañosamente a cuidarme las ideas acaban despidiendo siempre un tufillo a frivolidad que dejan al descubierto el vacío de sus cariños, lo impostado de sus caricias. El rápido olvido como rápido sea el descenso del cursor. Bah.
Tú disimulas mejor. A mí me reservas siempre la página entera. Guardas mis palabras. Las atesoras en este rincón extraño. Sé que no depende de ti, que sé que me quieres, sino de Blogger, nuestro amado y odiado proxeneta, que follaríamos y escupiríamos a partes iguales por habernos presentado y habernos esclavizado: tú de él, yo de ti.
Pero hablaba de que te añoraba. Sí. Porque algunas veces se me vuelven a dilatar las entretelas, y no hay quien escuche como tú.
Algún día te volveré a tratar como te mereces. Te lo juro. Déjame un tiempo que recabe ideas, que acabe la universidad. Entonces me volverás a tener.
miércoles, junio 11, 2014
La importancia
¿Qué buscas aquí,
lector? ¿Con qué disposición, e incluso pasión -me atrevería a decir-, te
acercas a estas palabras? ¿Es pasatiempo? ¿Distracción, quizás? ¿Es simple
desperezo mental antes –o después- de ponerte con otra cosa? ¿O acaso buscas algo
más? ¿Con qué grado de pasión y sinceridad, a su vez, crees que he escrito yo
este texto? Pregúntate estas cuestiones, lector, porque quizá las respuestas
que encuentres sean las mismas que yo encuentro cuando pienso en los últimos
meses de mi vida.
...
Quizá esa mirada
atenta, anhelante de pasión y Verdad que recorre textos, o cielos, o árboles, o
cines, o cuerdas, o vientos… sea la gran ausente de todo esto. Y, ¿qué es todo
esto sin esa necesaria facultad de mirar?
Es intrascendencia.
Es vacuidad, es
irrelevancia, es idiotez, es futilidad. Me revuelco todos los días en estos adjetivos.
Horas. Días. Semanas. Meses. Todo es una espera mansa e insustancial
(intrascendente, vacua, etc.) hasta el hipotético final. Hablo de la carrera
universitaria. De la formación de seis años. Seis años. Seis años. Seis años.
Yo caí en un error
inmenso que me propició mi propia carrera: supeditar toda la vida a los exámenes.
Dicho de otro modo: todo es menos importante que los exámenes. Dicho de otro
modo: nada es importante excepto los exámenes.
Suena exagerado.
Esperpéntico. Te aseguro que no. Ocurre, y no pocas veces. Se gesta poco a
poco, pero al final adoptas esa actitud. Son muy pocas cosas las que escapan a
esa norma, muertes cercanas y poco más, diría.
Es a donde puede
llevarte una carrera que te requiere casi todas las horas del día durante nueve o diez
de los doce meses del año. Es la inercia de pensamiento al que te lleva esa
desquiciada proporción.
Por eso, ya no hay
mirada que valga. Ya no tiene nada importancia. Ni un texto, ni una conversación,
ni un lugar. Nada. Hay que estudiar. Y meses después, hay que estudiar. Y meses
después, hay que estudiar. Y, ¿mientras? Nada. Nada.
miércoles, julio 10, 2013
En una habitación
Pienso en no moverme, que no rocen los eslabones entre sí, que no pueda confundirlos con el sonido del hambre.
Somos dos curvas perpendiculares la cadena y yo: ella sonríe y yo le hago de mejilla opulenta con mi espina seca y reventada. Las rodillas me chillan desde el suelo; el cuello, me tiembla como me tiemblan los instintos; las muñecas, se retuercen entre los grilletes tras de mí y me recuerdan a cada bandazo de rabia mi condición de preso ineludible.
Tengo hambre. Tengo mucha hambre.
Si me olvido, incluso puedo estirar los brazos, incluso respiro aire fresco y dejo de ser pasto de inquietudes, de hambre. Incluso soy yo y no lo soy. La quietud de la estancia, los azulejos blancos y viejos, el mármol, el charco de agua sucia que se extiende lenta y sinuosa por las juntas de los baldosines, todo me rodea y me esconde y me apresa, y en momentos sus paredes cortan como cuatro guillotinas las cuerdas que me unen con mi haber sido y mi llegar a ser. Y entonces sólo soy un yo atado de rodillas en una habitación.
Pero tengo hambre... Sí, tengo hambre, y el hambre no sale de los azulejos, ni del yeso de las juntas.
Y es que me equivoco, me equivoco: ahora no quiero callar a los eslabones, quiero oirlos bien fuerte, que formen terremotos en este maldito aire calmo, y lo rajen de arriba a abajo de la habitación como si hubiera alguien vivo aquí dentro. Quiero salir en forma de ruido y de gritos.
Quiero oirme a mí rugiendo de hambre.
Quiero que los azulejos sepan que me muero exigiendo comida.
Somos dos curvas perpendiculares la cadena y yo: ella sonríe y yo le hago de mejilla opulenta con mi espina seca y reventada. Las rodillas me chillan desde el suelo; el cuello, me tiembla como me tiemblan los instintos; las muñecas, se retuercen entre los grilletes tras de mí y me recuerdan a cada bandazo de rabia mi condición de preso ineludible.
Tengo hambre. Tengo mucha hambre.
Si me olvido, incluso puedo estirar los brazos, incluso respiro aire fresco y dejo de ser pasto de inquietudes, de hambre. Incluso soy yo y no lo soy. La quietud de la estancia, los azulejos blancos y viejos, el mármol, el charco de agua sucia que se extiende lenta y sinuosa por las juntas de los baldosines, todo me rodea y me esconde y me apresa, y en momentos sus paredes cortan como cuatro guillotinas las cuerdas que me unen con mi haber sido y mi llegar a ser. Y entonces sólo soy un yo atado de rodillas en una habitación.
Pero tengo hambre... Sí, tengo hambre, y el hambre no sale de los azulejos, ni del yeso de las juntas.
Y es que me equivoco, me equivoco: ahora no quiero callar a los eslabones, quiero oirlos bien fuerte, que formen terremotos en este maldito aire calmo, y lo rajen de arriba a abajo de la habitación como si hubiera alguien vivo aquí dentro. Quiero salir en forma de ruido y de gritos.
Quiero oirme a mí rugiendo de hambre.
Quiero que los azulejos sepan que me muero exigiendo comida.
domingo, mayo 26, 2013
viernes, mayo 10, 2013
La megalomanía artística
"Hay lugares extraños, cerebros extraños, extrañas regiones del espíritu, elevadas y miserables. En las periferias de las grandes ciudades, allí donde las farolas son más escasas y los gendarmes patrullan por parejas, hay que subir a las casas hasta que ya no es posible continuar, hasta buhardillas de techos oblicuos en las que jóvenes y pálidos genios, criminales del sueño, meditan abstraídos con los brazos cruzados; hasta estudios baratos y elocuentemente decorados, donde artistas solitarios, indignados y consumidos por dentro, hambrientos y orgullosos, en medio de un humo espeso de cigarrillos, luchan con los últimos y furiosos ideales. Aquí está el fin, el hielo, la pureza y la nada. Aquí no tiene validez ningún acuerdo, ninguna indulgencia, ninguna medida y ningún valor. Aquí el aire es tan casto y está tan enrarecido que los miasmas de la vida ya no pueden vivir. Aquí reina el desafío, la perseverancia extrema, el ego supremo desesperado, la libertad, la locura y la muerte."
Thomas Mann, En casa del profeta.
Thomas Mann, En casa del profeta.
Etiquetas:
literatura,
Thomas Mann
jueves, marzo 28, 2013
miércoles, febrero 13, 2013
Interludio
Recoged el tiempo que hay entre post y post, pues todo ese silencio es mi consideración hacia vosotros, intrépidos lectores, que os la jugáis con este blog cualquiera.
Quisiera anunciar ya el final del último silencio y comenzar otra vez con las palabras, con el insomnio sentimental de Wernicke o, acaso, sólo el intelectual, pero tendré que seguir regalándoos silencio, pues no es este el hombre al que vosotros querríais leer, ni esta es la cabeza que yo querría que os escribiera.
Quisiera anunciar ya el final del último silencio y comenzar otra vez con las palabras, con el insomnio sentimental de Wernicke o, acaso, sólo el intelectual, pero tendré que seguir regalándoos silencio, pues no es este el hombre al que vosotros querríais leer, ni esta es la cabeza que yo querría que os escribiera.
miércoles, octubre 31, 2012
Marco Aurelio y los cristianos
[...] Los apologetas cristianos creyeron que podrían encontrar en el emperador un oyente benévolo. Pero la oposición entre el estoico, que basa su conducta en una razón divina, expresada en el daímon interior de la conciencia propia y reflejada en el orden cósmico, y el cristiano, adepto de una fe dogmática, basada en las creencias reveladas y unos cultos mistéricos, era demasiado infranqueable. El servicio al Estado era un deber sagrado para un estoico romano, que no podía sentir simpatía por la actuación política, harto turbia, de los cristianos como grupo social. Frente a las promesas de una recompensa ultramundana que el filósofo desdeñaba como ilusorias, al estoico no le quedaba otra satisfacción que la de cumplir con su ética autónoma, en armonía con el cosmos y su divinidad inmanente.
En el caso personal de Marco Aurelio el enfrentamiento es un tanto más patético, porque sentimentalmente su humanitarismo le aproximaba al sentir cristiano. En Marco Aurelio "se encuentra igualmente el concepto, ausente del antiguo estoicismo, de la piedad, de la caridad incluso con los que le ofenden" (Reardon). "Lo propio del hombre es amar incluso a quienes nos dañan", escribe Marco Aurelio. Y esta generosidad en el perdón no era sólo teórica; la practicó una y otra vez, silenciando los nombres de sus enemigos, olvidando las rencillas y las traiciones. Esa bondad natural, cercana al concepto cristiano de la caridad hacia el prójimo, era innegable. Aún más, a su filantropía Marco Aurelio unía un ascetismo y un desprecio de las vanidades mundanas que encuentran ecos en el cristianismo, un cierto contemptus mundi, como ya Renan subrayó en su obra.
"Marco Aurelio tenía la fe y tenía la caridad; lo que le faltaba era la esperanza", escribió U. Wilamowitz sagazmente. Una frase que conviene matizar: la fe del estoico es racionalista, y su caridad, gratuita. Pero, desde luego, la falta de esperanza es un rasgo definitivo en la contraposición. Por un lado esa resignación desesperada es característica de la época última del estoicismo [...]. Frente a la confiada actitud de los mártires cristianos en una recompensa ultraterrena -en el que se compensarían con creces las injusticias de este mundo y donde se patentizaría la Justicia divina-, el estoicismo no tenía nada que ofrecer, salvo su ideal del sabio, feliz en su autarquía apática, inquebrantable ante los golpes de la Fortuna, como el peñasco ante los embates del mar, un ideal aristocrático, egoísta y frío. En el conflicto entre el estoicismo racionalista y las nuevas religiones mistéricas, con sus evangélicas promesas, con sus dioses compasivos, aquél tenía perdida la partida. [...]
Carlos García Gual
Introducción a las "Meditaciones" de Marco Aurelio, ed. Gredos.
En el caso personal de Marco Aurelio el enfrentamiento es un tanto más patético, porque sentimentalmente su humanitarismo le aproximaba al sentir cristiano. En Marco Aurelio "se encuentra igualmente el concepto, ausente del antiguo estoicismo, de la piedad, de la caridad incluso con los que le ofenden" (Reardon). "Lo propio del hombre es amar incluso a quienes nos dañan", escribe Marco Aurelio. Y esta generosidad en el perdón no era sólo teórica; la practicó una y otra vez, silenciando los nombres de sus enemigos, olvidando las rencillas y las traiciones. Esa bondad natural, cercana al concepto cristiano de la caridad hacia el prójimo, era innegable. Aún más, a su filantropía Marco Aurelio unía un ascetismo y un desprecio de las vanidades mundanas que encuentran ecos en el cristianismo, un cierto contemptus mundi, como ya Renan subrayó en su obra.
"Marco Aurelio tenía la fe y tenía la caridad; lo que le faltaba era la esperanza", escribió U. Wilamowitz sagazmente. Una frase que conviene matizar: la fe del estoico es racionalista, y su caridad, gratuita. Pero, desde luego, la falta de esperanza es un rasgo definitivo en la contraposición. Por un lado esa resignación desesperada es característica de la época última del estoicismo [...]. Frente a la confiada actitud de los mártires cristianos en una recompensa ultraterrena -en el que se compensarían con creces las injusticias de este mundo y donde se patentizaría la Justicia divina-, el estoicismo no tenía nada que ofrecer, salvo su ideal del sabio, feliz en su autarquía apática, inquebrantable ante los golpes de la Fortuna, como el peñasco ante los embates del mar, un ideal aristocrático, egoísta y frío. En el conflicto entre el estoicismo racionalista y las nuevas religiones mistéricas, con sus evangélicas promesas, con sus dioses compasivos, aquél tenía perdida la partida. [...]
Carlos García Gual
Introducción a las "Meditaciones" de Marco Aurelio, ed. Gredos.
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